Fijador sin ruidos - Opinión

Fijador sin ruidos

Autor:

Hugo Rius

H. Zumbado, nombre imprescindible del humorismo más cubano y agudo, ese del «látigo con cascabeles» al decir martiano, asaetó hace décadas por «pérdida de fijador», en una de sus habituales columnas en este mismo diario, aquellos servicios a la población que se iniciaban de maravilla y, poco después, entre la humana molicie y la falta de exigencia administrativa, terminaban igual que los perfumes falsos, embriagadores al abrirse el frasco, pero que no dejan aroma perdurable.

Quienes vivimos aquellos tiempos de lectores dominicales, todavía hoy seguimos apropiándonos de esa misma expresión risueña para aliviar la carga de enojo que provoca todo cuanto vemos arrancar con aires promisorios y que después se achica o perece en el intento, y no siempre precisamente por limitaciones materiales objetivas entendibles, sino porque al embullo altisonante nunca le siguió la persistencia tenaz del fijador de la gestión.

Algo parecido pudiera apuntarse alrededor de temas de medular impacto social, que si se miran a la ligera, eventualmente corren el riesgo de ahogarse en campañas pasajeras, saturadoras y en consecuencia olvidadizas, cuando, por el contrario, reclaman una vital permanencia, apeladora y a la vez sancionadora, concientización y continuo protagonismo institucional y ciudadano.

Este es hoy el caso del grave problema de la agresión sonora, el ruido ambiental prevaleciente, con sus múltiples amenazas pendiendo como espadas de Damocles sobre nuestra calidad de vida: por la pérdida de capacidades auditivas y hasta por sorderas irreversibles, afectaciones del aparato vocal a fuerza de gritar tanto para que se nos escuche, estrés y otros trastornos, insomnios impuestos, falta de concentración en el trabajo y el estudio, en fin, el caos en la comunicación humana.

Al asunto se le quiere encarar en serio, y la Mesa Redonda de la televisión lo expuso también con acierto, en latente promesa de dedicar en el futuro necesarias miradas a temas de incuestionable interés de puertas adentro, con idéntica sistematicidad con que lo hace con los de puertas afuera.

Y por cierto, ahora que llegaron los meses del verano vacacional, del descanso y el recreo merecidos, y que se abren más espacios para el jolgorio musical, felizmente hasta en moneda nacional, aunque subidita de monto, será conveniente recordar a quienes estarán a cargo de esas instalaciones y al resto de las autoridades, que la diversión de unos de ninguna manera puede ser el calvario sonoro y nocturno de otros, porque la campaña contra la agresión sonora no se ha ido de vacaciones, ni se desea que comience a perder fijador.

Acaso sea una oportunidad de probarnos en el intento social de equilibrar por la vía de los decibeles precisos los legítimos impulsos de expansión juveniles y el descanso reparador de los demás. O en otro plano, que los tradicionales y bienvenidos planes de la calle infantiles no se conviertan en focos ilimitados de ruidos, que en nada educan ni suman a quienes desde temprano deben participar en el empeño ambientalista; ni que las vías de acceso sean bloqueadas por el libre albedrío del vecindario.

Y claro, reconozco que intento transitar por ese tan desafiante como corriente dilema del cubano: elegir entre el no llegar y el pasarse, para encontrar el sentido adecuado del límite y las proporciones.

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