Decimistas

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Los decimistas son una tribu poética rara, de fraternidad ingénita, que cada vez que se encuentran arman de afectos un bosque o una catedral. En Las Tunas, cuando los convoca la voz del Cucalambé, andan risueños y livianos como en el plancton más gustoso de sus imposibles.

«No te mueras sin ir antes a España», decía un canto popular en época de la Guerra Civil. «No te mueras sin ir antes a Las Tunas», podría rezar un canto de hoy, que en vez de a una guerra, convoque a toda la paz de la poesía.

Las bravas cañas de El Cornito encarnan tal vez el paisaje campestre más lírico de nuestra geografía. Allí, a 150 años de ausencia del bardo, todavía puede olerse el romance de Juan Cristóbal con su amada Rufina. Él, que leía a los clásicos de la lengua, se transformó en el poeta más popular del siglo XIX en la Isla. Y subió al podio trascendental del anonimato.

De tal suerte que su misterio —el de su vida, el de su amor, el de su desaparición nunca esclarecida— perdura como el enigma propio de los poemas, que al cálculo se resiste, para decirlo con Bécquer.

Los decimistas lo intuyen, lo sienten, lo legan. Y vienen como en procesión de bonhomía a cantarle y leerle cada año todas las cuitas del tiempo que se marcha.

Alguien resume: una familia, y resume bien. Porque estos románticos que encapsulan en jícara de diez versos las historias, los pesares, las añoranzas, carne de los recuerdos literarios, se abrazan como si la existencia de todos dependiera de la respiración de cada uno.

Trina un laúd de madrugada, y la fiesta llega al Sol. Baila una Flor de Birama, y los ojos dan vueltas como en guateque desenfrenado. Los escritores admiran a los repentistas y citan de memoria esta y aquella décima con un pie forzado tremendo. Los improvisadores leen con fervor a sus parientes de la letra impresa, y luego enlazan en el aire como toreros de las palabras, las imágenes que estremecen hasta a los sinsontes.

Ya las controversias saltan el tira-tira más jocoso para deslizarse por sutiles caminos de ironía y majestuosidad literaria que podrían casi sin retoques coserse en el viento como libros. Y los libros, de encabalgamientos y rupturas, tampoco renuncian al decir fácil y recordable de la oralidad.

Si todo esto fuera poco, hay que ver al pueblo, hay que ver a la gente —desde los doctores en ciencias hasta los que solo han leído los arados y las guatacas— venir a disfrutar de su música, de su picardía.

Hay que oír, cortando la noche tunera, la voz maciza de María Victoria Rodríguez cuando canta Yo soy el punto cubano, de Celina González, y llorar sabiendo que sí, que el punto, la clave, el sabor, la vida cubana toda cabe en los ángeles de Celina y Naborí, en el humor de Emiliano Sardiñas, en la rapidez de Tomasita Quiala, en la erudición de Virgilio López Lemus, en la armonía sonora de Cueybá o la Original Cucalambé. En las tradiciones, en los ritos que impulsan a los pueblos a tomar por asalto las quimeras.

«Se puede vivir sin pan, pero no sin esperanza», sentenció un gran periodista. Y la esperanza, en Cuba, también se llama Décima.

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