¿Alegrías? de sobremesa

Autor:

Abdul Nasser Thabet

Víctor llevaba más de dos horas esperando, sentado con el radio entre las piernas y una inefable sensación de eternidad congelada entre transistores y piezas elucubradas por la inagotable inventiva del cubano. El taller de reparaciones de equipos electrodomésticos semejaba una reliquia salida de algún pasaje quijotesco, que hasta al propio Cervantes le hubiera costado imaginar.

Aquel hombre de 82 años veía cómo le pasaban por delante clientes que acababan de llegar, y después de un apretón de manos con el amable mecánico y alguna que otra sacudida bondadosa de sus bolsillos regordetes zanjaban el problemita. «Ellos habían marcado desde antes», refunfuñó de mala gana la pintoresca señora de la recepción.

Hacía un buen rato que escuchaba la reseña del último capítulo de la novela brasileña, gracias a las cualidades histriónicas de la supuesta recepcionista, y comenzaba a impacientarse. Cuando estaba a punto de renunciar al disfrute de Alegrías de sobremesa y la música de Nocturno, le tocó a él. «El próximo…», balbuceó la nueva comentarista rosa de Globo TV, y el susurro tocó sus oídos como sinfonía de querubines.

«Esto está malo», masculló el técnico mirando el artefacto con aires de cirujano y muecas que suponían un tremendo trabajo hasta de Nikola Tesla. «Pero puedo conseguir las piezas. Claro que te van a costar un poquito más. Creo que con cinco pesitos resuelves».

Víctor, quien aún vivía en los 80 y no se adaptaba del todo a los trajines de este nuevo siglo, no podía creerlo. ¿Solo cinco pesos y ya? Apurado sacó su cartera, desenfundó el billete y lo depositó en la mesa, convencido de que esa noche sí reiría a carcajadas con las ocurrencias de Sandalio el Volao y la Mulatísima.

«No mi viejo, usted está confundido, quise decir cinco CUC, o 125 pesos, que es lo mismo», y al momento se le vino el techo encima al octogenario. Tragó en seco y sacudió la cabeza como buscando procesar la frase atómica que le acababan de soltar. « ¿El 40 por ciento de mi chequera?», calculó en milésimas de segundos, y se levantó apesadumbrado, arrastrando las piernas, pensando que quizá en un par de meses podría ahorrar esa cantidad sin tener que renunciar a otras necesidades elementales.

Y aquí, donde al parecer termina la historia de nuestro amigo Víctor, comienza, o mejor dicho, continúa una batalla casi carpentierana que a diario libramos en esta Isla mágica, pues ni acudiendo a lo real y maravilloso de nuestro Alejo se puede comprender el desorden y la indisciplina que pugnan por entronizarse en algunos talleres de reparación estatal, y en otras instituciones que, bajo el protagonismo de sujetos inescrupulosos, traspasan los límites entre lo estatal y lo privado.

La protección al consumidor se ha vuelto una consigna perdida entre libros empolvados y carcomidos por las polillas. Pocos recuerdan o exigen sus derechos, porque simplemente se han disuelto entre acciones indebidamente justificadas por la necesidad, por urgencias que han debilitado nuestro patrimonio moral.

Es preocupante que el consumidor-cliente parezca estar abandonado a su suerte, perdido en un desierto donde el oasis es simplemente otro espejismo. Sí, existen leyes y regulaciones que amparan al ciudadano, pero no abundan los encargados de hacerlas cumplir, y parte de los que existen, andan como topos, bien abajo en la tierra, para no ver o para escarbar también algún beneficio con su conveniente ceguera.

Por suerte, ya se viene trabajando para transformar esa realidad y ojalá esta vez las fórmulas sí sean las correctas. No lo lograremos a base de consignas y buena fe; la sociedad debe actuar para que no sigan pisoteando a quienes la construyen desde su esfuerzo y entrega diaria.

Entonces, quién sabe, quizá nuestro amigo Víctor pueda escuchar de nuevo Alegrías de sobremesa.

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