Ahí no, maestro

Autor:

Luis Sexto

Cuando en el último acto violento, Ernest Hemingway puso su escopeta de caza bajo el mentón el 2 de julio de 1961, ese día yo cumplía 16 años. Conservo, pues, un engarce astrológico u horoscópico, con el autor de Adiós a las armas. Después de leerlo con frecuencia devota, y tras una reciente visita a su casona de Cayo Hueso, he preguntado si las llanuras africanas fueron, según una mirada un tanto discutible, las preferencias geográficas de Hemingway para sentirse el hombre crudo que invocaba la felicidad en la violencia instintiva del macho, como el brevemente feliz Francis Macomber.

Las guerras quizá también sean parte de ese escenario de disparos y alaridos, pero respetemos la solidaria presencia bélica de Hemingway como corresponsal o como combatiente. Luego, haciendo girar los ojos, dudemos ante un contraste extremo: compartía aquellos parajes con largas estancias en islas o islotes. La diferencia es casi escandalosa. Las islas suelen ser sitios arremansados, pacíficos, y salvo desajustes sociales, la paz, la brisa, la luz son datos de una realidad habitualmente custodiada por una especie de ámbito edénico. Tal vez, las islas sean fragmentos del paraíso terrenal despedazado por los errores humanos.

En Cuba y Key West —el Cayo Hueso de la pronunciación cubana— Hemingway residió en casas con algún parecido ambiental. A Finca Vigía la conozco desde 1966, y al recorrerla sentí, según anoté en una libreta juvenil todavía sana, la presencia del «gran épico contemporáneo en los seis mil volúmenes de la biblioteca, en los trofeos de caza y en las notas de su mano». Fue su residencia predilecta. La alquiló en 1938 cuando se mudó de Cayo Hueso a Cuba, y dos años después la compró con el dinero de Por quien doblan las campanas, según puede colegirse de su confesión epistolar a Karl Wilson.

Visitando el pasado mes de junio sus habitaciones en el Cayo, noté las semejanzas, y también me expliqué alguna de las razones por las cuales prefirió a Finca Vigía, cuando no rodaba por las planicies africanas empujando hacia lo más alto la leyenda de hombre duro y aventurero. Las dos plantas de la casona floridana, ceñidas por terrazas abajo y arriba, y envueltas por árboles y jardines, que abonaban las excretas de numerosos gatos, posan como un paraíso en miniatura y coquetean como espacio deseable para cualquier escritor, si cualquier escritor pudiera aspirar a una edificación gemela a la de Hemingway.

Fueron pocas mis horas en Key West. Suficientes, sin embargo, para percibir la pequeñez en calles con atmósfera de baúl. Gracias a la inmigración cubana en el siglo XIX, el Cayo cuenta una historia mayor que su suelo, casi mensurable a pie descalzo. Y quizá Hemingway, solitario, dipsómano, grosero a veces, y paradójicamente tierno y generoso, se trasladó a La Habana para sentirse menos oprimido por las escuetas fronteras del islote, unido a la península por una carretera sobre las aguas de azul espada del Caribe.

Hoy, además de la casa y de las fotos en el Sloppy Joe, todavía ruidoso, humeante y casi inflamable, queda allí de Hemingway la curiosidad de ciertos turistas. Y una tarja que posiblemente muchos no hayan visto, pero que este transeúnte fervoroso descubrió. Una cuadra más arriba del viejo hogar del novelista en «Whitehead street», puesto sobre el muro frontero del jardín de una vivienda modesta, junto a la acera, se asoma un recordatorio de uno de esos actos con que Hemingway reforzaba su ríspida virilidad.

Pude apenas copiar el texto, por lo minúsculo y recoleto del soporte. Y permanece, me parece, para gloria de la familia cuyo jardín mereció tan espumoso y ácido homenaje una noche en que el escritor regresaba del bar y supuso estar bajo la copa de un baobab africano: «Ernest Hemingway pissed here». Como decir, aquí meó el Maestro.

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