Los hijos de Guanaroca

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Todavía hay quienes evocan con un sentido mítico sorprendente los orígenes de la cienfueguera laguna de Guanaroca, en cuyas abrillantadas y salobres aguas se dice que aún resplandece la Luna, la dulce Maroya, diosa de la noche, productora del rocío y benéfica guardiana del amor, como le llamaban a este astro los siboneyes que poblaron esta región del centro sur de la Isla hace más de cinco siglos.

Cuenta la leyenda aborigen, inscrita entre los habitantes del otrora cacicazgo de Jagua, que en los tiempos más remotos, Huion, el Sol, abandonaba periódicamente la caverna donde se refugiaba para subir al cielo y alumbrar a Ocon, la tierra, que por entonces no contaba con los seres humanos.

Movido por el deseo de ser venerado, un buen día Huion tuvo la feliz iniciativa de crear al hombre. Y así surgió Hamao, quien vivió en medio de una naturaleza espléndida, dotada de una vegetación exuberante, pero en completa soledad, por lo que Maroya, la Luna, compadecida de él, erigió un ente femenino llamado Guanaroca, convertido en la primera mujer del Universo.

Se dice que ambos seres llegaron a amarse con pasión infinita, sin conocer jamás el aburrimiento y el dolor. De aquella unión nació Imao, el primer hijo, a quien Guanaroca le entregó todo su cariño, pero el padre, celoso al sentirse relegado en afectos, tuvo la fatídica ocurrencia de arrebatárselo a su madre.

Según registra el investigador local Adrián del Valle en su libro Tradiciones y leyendas de Cienfuegos, una noche, mientras Guanaroca dormía, Hamao cogió a la débil criatura y la llevó al monte, donde el calor excesivo y la falta de alimento le ocasionaron rápidamente la muerte. Para ocultar su delito, el padre tomó un gran güiro, le hizo un agujero y metió dentro el frío cuerpo del infante. Por último, colgó aquel depósito en la rama de un árbol.

Al despertar Guanaroca y darse cuenta de la ausencia del esposo y del hijo, salió con urgencia a buscarlos. Desesperada vagó por el bosque durante largo rato, y cuando ya iba a caer al suelo rendida por el cansancio, el grito estridente de un pájaro negro le hizo levantar la cabeza y fijarse en el güiro que guardaba el cadáver.

Tan intenso resultó su quebranto que no pudo aguantar en sus manos aquel cuerpo. Y al dejar que cayera al suelo se produjo entonces lo insólito: del interior del güiro salieron infinidad de peces, tortugas de distintos tamaños y una gran cantidad de líquido que se desparramó colina abajo.

Recoge el mito que los peces que de allí brotaron formaron poco después los ríos que bañan el territorio de Jagua, la mayor de las tortugas se convirtió en la península de La Majagua —donde se ubica actualmente la ciudad—, las otras, por sus dimensiones, sedimentaron los cayos de la bahía cienfueguera. Y las lágrimas ardientes y salobres de aquella madre infeliz que lloró sin consuelo y desenfrenadamente la muerte de su ser más querido, fueron las que llenaron y dieron forma a la hermosa laguna.

Por hilos de fabulaciones semejantes, desde tiempos antiquísimos los hombres han logrado explicarse el principio de las cosas. Y no importa si esa invención humana pondera con mayores o menores aciertos los universos imaginarios ante el mundo real. Lo que interesa es que estas historias pervivan, nos oxigenen y nos hagan amantes del pasado e hijos continuadores de la creación, como aquel por el que suspiró amargamente la primogénita de Jagua.

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