¿Se hace eterno el elefante?

Autor:

Osviel Castro Medel

Era el domingo 24 de julio, al filo de las ocho de la mañana, cuando algunos viajeros confluyeron en la cafetería de la terminal de ómnibus ASTRO, en la bella ciudad de Camagüey.

Un hombre pidió un «pan con croqueta», que se exhibía en la tablilla de precios. «No hay», dijo a secas la dependiente. El cliente solicitó, entonces, un refresco embotellado. «¿Y tú lo vas a abrir? ¡Porque yo noooo tengo abridor!», replicó la empleada con la frente fruncida y rociada de sudor.

A la sazón, otro consumidor intercedió con uno de esos cortaúñas multipropósito en la mano: «Déselo; yo se lo abro».

Un tercer sediento ordenó después «un refresco de latica». Se lo trajeron, pero al notarlo sin la temperatura adecuada expuso: «Por favor, cámbiemelo por uno más frío». La propia mujer respondió en el acto: «Tómate ese mismo; todos están iguales».

Después, en menos de cinco minutos, desfilaron ante el mostrador otros que oyeron excusas parecidas de cerradores —digo, de abridores y de croquetas fantasmas.

La historia terminó con un «Vamos, que se nos va la guagua». Pero no la inserto apretadamente en estas páginas para hablar de fisuras y cráteres en la llamada esfera de los servicios. La traigo porque, al final, ninguno de los que recibió porrazos verbales aquel día chistó ni maulló... ni exigió.

Y porque no es difícil notar otras escenas similares de conformismo en nuestro accionar diario, como señales inequívocas de que algunos pudieron haber dejado ya caer la espada en la larga batalla por hacer valer sus derechos.

Si la corriente del maltrato erosiona y duele, también menoscaba y quebranta sueños la del acatamiento, que se intenta justificar con los años de poca fecundidad ante reclamaciones y exigencias.

Por eso preocupa cuando ante hechos similares, se señala: «¿Para qué hablar si todo va a seguir igual?». «¿Y que voy a resolver con meterme en ese lío?». «¿Para qué perder el tiempo?».

Precisamente cuando esa tendencia de inmovilismo se impone a la de la postura crítica, es innegable que se apuntala en nuestro entorno el cuento del elefante en la sala, aquel del gigante cuadrúpedo que estorbaba al principio y que, sin embargo, terminó siendo aceptado en medio de la casa con la excusa de fingir que «no se veía».

Esa «vista gorda» es, a fin de cuentas, la que no debe entronizarse en un contexto en la que cambios estructurales y mentales han de ir por el mismo camino.

Y la lucha contra esos elefantes comienza extirpando, para siempre, la resignación. Porque la resignación, bien lo dijo el novelista francés Honoré de Balzac, «es un suicidio cotidiano».

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