Que no te olviden, Palma

Autor:

Osviel Castro Medel

Tengo delante de mí fotos quebradas y amarillas del año 1951. Y en la observación reposada de las imágenes, que describen multitudes conmovidas, me nace una pequeña golondrina de melancolía.

Son fotografías que van narrando la sepultura en Bayamo de José Joaquín Palma, aquel poeta de fiebres patrióticas que tuvo tumba primera en Guatemala, el 2 de agosto de 1911; aquel que colocó los grados iniciales a Máximo Gómez en los albores de la contienda grande; aquel cuyos versos José Martí comparó con «ondas de flores», violetas y madreselvas.

Esa golondrina intranquila crece ahora porque el hombre que pidió en rimas «un sauce y una tumba» en la orilla sagrada del río Bayamo no es todavía, como debería ser, un ídolo vivo en la ciudad de sus ensueños o en su patria toda.

Y porque al divisar en fotos ese bosque tupido de personas, que lo cobijó durante 40 años después del deceso en otras tierras, se me antoja que una arboleda humana superior debería haberlo arropado en este u otro agosto.

¡Cuántas deudas tenemos contigo, Palma! La primera es la de estudiar tu vida, cargada de metáforas reales y de pasajes estremecedores. Propongo hoy, para afianzarlo, ovillar el tiempo e irnos a los 82 días de Bayamo sin bandera española, entre octubre de 1868 y enero de 1869, cuando con 24 años de edad dirigió el primer periódico independentista, El Cubano Libre, y devino coautor de una moción sobre la abolición de la esclavitud. En ese entonces, ante el temblor y la vacilación de algunos, pronunció con ardor una sentencia que late todavía: «Si en Cuba esclava no puede haber hombres libres, en Cuba libre no puede haber hombres esclavos».

Propongo, Palma, mirarte sin distancias, cabalgando al lado de Carlos Manuel de Céspedes en la manigua emancipadora o atizando tú mismo con la antorcha el fuego que devoró tu casa en aquel glorioso albor de 1869.

Pido que nos sumerjamos en tu modestia continental. Porque Palma, sabiendo ser palma, se dibujaba como pequeño arbusto. En sus cuatro décadas de diáspora recibió honores en Honduras, donde conquistó la amistad de Marco Aurelio Soto, el presidente de la República, y no se le infló arrogante el pecho; fue director de la Biblioteca Nacional de Guatemala y anduvo como uno más, aunque siempre elegante o fulguroso.

Incluso, en la misma Guatemala, que lo acogió como hijo adoptivo y peleó llorosa por poseer para siempre sus restos, ganó con la firma de «Anónimo» el concurso para escoger el Himno Nacional.

¡Y te callaste el secreto casi 15 años! Solo en el lecho de muerte, con lágrimas anchas en los ojos, aceptaste el tributo y la ofrenda.

No en balde Darío te dedicó un poema que tituló J. J. Palma. No por azar Maceo y Gómez te abrazaron en el exilio y aceptaron tu ayuda. No en vano el Maestro te llamó amigo.

Sugiero, ante tantas evidencias de grandeza y viendo estas fotografías amarillas de hace 60 años en las que se dibuja tanto pueblo emocionado, que algún día se publique íntegro en Cuba tu poemario, como se hizo en tu segunda patria.

Pido vehementemente, no solo en Bayamo, sino en la nación entera, por la que te convertiste en libertador y en bardo, que sigas palpitando, pero no tan sigilosamente. Que no te olviden nunca, Palma.

 

 

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