¡Oh, Watergate, cuántos secretos en tu nombre!

Autor:

Juana Carrasco Martín

Habrá quien piense que es historia antigua, y nada importante de lo que ocuparse, cuando Estados Unidos está más que endeudado, y demócratas y republicanos dejaron sin aliento a su país y a los dependientes del dólar en el mundo, en un forcejeo que ha tenido más que ver con proyecciones electorales que con la realidad de una economía gravemente herida, pero podría decirse que aquellos polvos contribuyeron también a estos lodos.

El juez de distrito Royce Lamberth ha determinado que luego de 36 años de secreto absoluto sobre el suceso, y 17 del fallecimiento del protagonista principal, es hora de que las 297 páginas transcriptas de las declaraciones de Richard Nixon, el único presidente de Estados Unidos sometido a impeachment y que tuvo que renunciar a su cargo, deben ser puestas a disposición de los historiadores y de la ciudadanía, que quizá ahora busca con mayor interés inmediato otras respuestas a sus problemas diarios, pero que no deja de lado su necesidad de saber verdades como por ejemplo ¿quién o quiénes asesinaron a John F. Kennedy? Y ¿cuáles eran las intenciones ciertas detrás del escándalo Watergate, en que republicanos espiaron a demócratas por orden nixoniana? Apenas dos entre otros muchos acontecimientos sórdidos de una historia llena de esos capítulos.

Sin embargo, y aunque pudiera parecer extraño desde una visión superficial, resulta que todavía no se conocerá ni una línea de aquellos documentos porque ha salido como cancerbera nada menos que la administración del presidente Barack Obama, por demás demócrata, pero en realidad tan guerrera del imperio y de su salvaguarda como Nixon, Reagan o Bush, por citar algunos con no poco que ocultar, aunque de signo político supuestamente contrario.

En junio de 1975, en dos días y exactamente durante 11 horas, Nixon rindió declaración, privadamente, en su casa de California, ante dos integrantes de un gran jurado, que luego se la leyeron al resto del panel legal. No importaba ya lo que confesara porque había sido perdonado de todos sus pecados por el presidente Gerald Ford, y apenas unos días después el tercer gran jurado sobre Watergate fue disuelto sin dictamen… Lo que sucedió en el complejo habitacional de Washington, donde estaba la sede nacional del Partido Demócrata, la conspiración detrás de ello, y quienes lo encubrieron estaban ya a salvo, incluido Richard Nixon.

Y Nixon había actuado bajo una premisa que le manifestó el 17 de mayo de 1977 a David Frost en entrevista para la cadena BBC: «Cuando un Presidente lo hace, eso significa que no es ilegal».

La aseveración parece un primer consejo al estilo maquiavélico, porque la decisión de la actual Oficina Oval de la Casa Blanca intenta «proteger la privacidad de otras personas que todavía viven», argumento hasta risible, si no fuera tan seria la vigilancia de correos electrónicos, redes sociales, llamadas telefónicas, registros médicos, de seguros y otros que gracias a la Ley Antipatriótica —engendro «cheney-bushiano» que el «obamiano» mantiene— se permite hurgar en la vida de cada ciudadano de Estados Unidos y hasta del extranjero.

La privacidad y la impunidad son solo para los privilegiados que cometen sus crímenes desde el poder, y así sigue siendo, y para sus brazos ejecutores. Y entre aquellos salvados del Watergate están los «plomeros», mercenarios de la CIA, que fueron agarrados in fraganti (Bernard Barker, Virgilio Gonzalez, Eugenio Martinez, y Frank Sturgis, bajo el mando de Howard Hunt), y que son parte esencial de un cordón umbilical que une a las administraciones estadounidenses, desde la época de Eisenhower, con la mafia cubano-estadounidense, donde son muchos más los terroristas-soldados del imperio.

Desde la posición de mercenarios, los de origen anticubano han escalado hasta puestos claves en la Cámara de Representantes y el Senado y como consejeros o altos funcionarios en la Casa Blanca y en el Departamento de Estado, para asegurar una política que persiste en el tiempo a pesar de su fracaso en el gran objetivo de destruir a la Revolución Cubana a cualquier costo.

Y con razón la administración obamiana está renuente a que la verdad salga a flote. Son demasiados los pecados de lesa humanidad cometidos contra Cuba y contra las fuerzas que en Estados Unidos intentaron en algún momento una revisión de la política anticubana. Ahora mismo, cuando el forcejeo entre el ejecutivo y los legisladores sobre la deuda estadounidense tuvo un final ¿feliz?, no hubo fricción alguna porque le dediquen 20 millones de dólares más a los millonarios programas contrarrevolucionarios que «favorezcan un cambio de Gobierno en Cuba».

Por eso siguen «limpiando» a Dirty Dick o Nixon el sucio, el vice de Eisenhower, el que estaba «casualmente» en Dallas cuando asesinaron a Kennedy y lo negó, el de la amistad con la mafia y con la mafia cubano-estadounidense, y etcétera, etcétera… ¡Cuántos secretos escondidos en el Watergate!

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