¡Calientes! - Opinión

¡Calientes!

Autor:

Hugo Rius

Año tras año, en cuanto asoma agosto en el calendario, pocos consiguen escapar de lo que se ha convertido ya en obligado comentario de ritual: ¡oiga, calor como el de ahora nunca hemos tenido! Y hasta con osadía digna de mejor causa, nos sentimos dispuestos a registrarlo en el libro Guinness de los récords, aunque las rigurosas estadísticas de los meteorólogos indiquen algo distinto y tal vez sorprendente.

Sospecho que esa antojadiza conjetura de temporada debe estar proporcionando pretextos a quienes, en nuestra amadísima capital de todos los cubanos, se vienen sumando al creciente furor por exhibir torsos masculinos desnudos, en todas las gamas posibles: desde los de abundantes pelos en el pecho hasta los de rasurados metrosexuales; lo mismo con abultadas panzas cerveceras que con patéticos costillares al aire. ¡Qué el buen juicio me libre de incorporarme a tal pasarela pública, ni siquiera para sacar la basura!

Entonces, por pura curiosidad, me da por preguntar que dónde quedarán la imaginación y la fantasía de otros y otras respecto a lo que cubren las vestiduras, ya que en fin de cuentas su uso es parte importante de lo que nos diferencia de los animales.

Si nos dejáramos arrastrar por la creencia de que la temperatura veraniega siempre será más alta que la del año precedente, terminaríamos aceptando la inevitable llegada de un boom de nudismo de asfalto, puesto que ya se está recorriendo la mitad del camino, y en verdad que es hora de colocar las cosas en su lugar, de volver a delimitar los espacios para llevar o para no llevar si se prefiere. La vía pública de tránsito y convivencia no es lo mismo que la playa y el campismo, las rudas faenas en el campo o la intimidad de las cuatro paredes.

Por qué tolerar estos procaces comportamientos hasta en sitios comerciales, de servicios, alrededor de escuelas… o que descamisados ingresen con desafiantes desenfado e impunidad en transportes colectivos, las más de las veces repletos, e impongan a los demás una sudorosa e incómoda promiscuidad corporal, sin barreras. Se ha llegado tan lejos, que también se ha ido perdiendo esa enraizada señal de respeto mutuo que consistió siempre en acudir a la casa del vecino, o recibirlo, con el torso cubierto, y hasta para sentarse a la mesa a comer.

Y si de aliviar las incomodidades de la canícula se trata, no será precisamente mediante el despojo callejero de ropas, sino como indica el experto consejo médico: prendas y calzado ligeros de colores claros, consumo de agua frecuente, ventilar los recintos y evitar exponerse prolongada e innecesariamente al sol en las horas de más intensidad. Sobre esto último los dermatólogos no se cansan de advertir que puede provocar daños irreparables a largo plazo como el del cáncer de la piel.

Sin embargo, nuestros calientes y obstinados descamisados citadinos parecen preferir hacer oídos sordos, y renunciando a la sensatez optan por un exhibicionismo descocado, molesto para muchos.

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