El arca salvadora

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

La anécdota la conté en otro momento, pero las circunstancias me incitan a recordarla. En un ejercicio académico de hace unos años se situaba a la raza humana al borde de la catástrofe, y los asistentes al curso debíamos escoger a quienes —a semejanza de la historia bíblica— se montarían en una réplica del Arca de Noé, para reiniciar todo desde cero. Reinventar el camino de la civilización desde una isla salvada en la inmensa soledad universal.

En el intento por dibujar el paraíso humano tantas veces soñado y tan poco alcanzado fuimos descubriendo una certeza: si algo ardería para siempre en nuestro improvisado Armagedón serían los extremismos y la intolerancia, peludas orejas que asomaron en casi todo ideal emancipatorio.

Salí de aquella aula entonces con otro enredado ejercicio en la cabeza. Delineando los colores de nuestro horizonte «perfecto»: el arca de la salvación de Cuba y de sus sueños. Esa donde un pueblo se monta sin distingos ni prejuicios en la mágica barca del resguardo de su destino. ¿Qué dejar hundirse y desaparecer en el diluvio?

Aquella conexión la estimuló la historia de un joven a quien acusaban de «rebelde» e «informal». Nada menos que «rebelde», que no es una simple palabra, sino un símbolo en Cuba; trastocado a veces en maldito por el rocambolesco arte burocrático: La «inquisición revolucionaria» inventando su Giordano Bruno, dije entonces.

Pues resulta que esta semana Raúl ha llamado en su intervención en el Parlamento a limpiarnos la cabeza de tonterías de todo tipo: «No olviden que ya concluyó la primera década del siglo XXI, y es hora», subrayó, tras relatar la triste anécdota de una revolucionaria humillada por sus creencias religiosas.

Y es cierto que sería una imperdonable herejía que extremismos e intolerancias semejantes, que lamentablemente trascendieron el ámbito de las creencias y apetencias espirituales para trasladarse a diversos ámbitos de nuestra vida política, económica y social, pervivan para transfigurar la hermosa aspiración fundacional revolucionaria.

En aquella columna apunté que debería averiguarse el momento en que el país que reinstaló la moda de la rebeldía universal

—cuando los burócratas del realismo socialista ya se habían acomodado en sus poltronas— comenzó a permitir a algunos funcionarios la transfiguración del sentido de esa magnífica palabra.

Porque la confusión sabe a inconsecuencia. Desconoce que los melenudos guerrilleros cubanos bajaron de las lomas como un ejército de «rebeldes», y destronaron la «formalidad» burguesa para establecer la transparente y justiciera «informalidad» revolucionaria. Nada que ver con la inconsecuencia.

Apunté que era como si en ciertos espacios de nuestra sociedad ocurriera la traslación a la vida real del guión de ese magnífico texto que es Rebelión en la granja. En la fábula de George Orwell los rebeldes animalillos ganan el poder liderados por los cerdos; pero estos últimos terminan por acomodarse a los métodos, las costumbres y manías de sus antiguos explotadores, y por tergiversar o manipular los hermosos emblemas que hicieron triunfar la insurrección.

El asunto es tan delicado como que pudiéramos dejarnos arrebatar nuestros símbolos. Que nos sean «pugilateadas» hasta las sagradas palabras con las que la Revolución abrió una nueva era de desenfado revolucionario y de esperanzas. Los vocablos rebeldía, disidencia, libertad; todos con los que los humanos se rebelaron contra la desidia y la humillación para escalar hasta la dignidad, la justicia e igualdad, pertenecen en esta Isla a los revolucionarios. No hay que manifestar miedo, sospecha o vergüenza de ellos. El desafío real es el de mantenerles su sentido, su más honda y limpia esencia.

La certeza de cómo se incubó entre algunos la tendencia, me la demostró en aquel momento la misiva de una lectora, por demás muy joven, alarmada por algo que había publicado nuestro diario. Creyó que, cuando menos, aquello debió ser una equivocación en unos párrafos que leyó en nuestra portada de un 4 de abril: «La Cuba unida puede parecer una isla sacrílega en el mundo de las atomizaciones. Esta es tierra disidente», decía el «sospechoso» texto para la joven.

Si ella hubiese vivido otra época —manifestamos— se hubiera creído en pecado por escuchar a los «extravagantes y sospechosos» The Beatles. Solo que ahora Lennon reposa sentadito y tranquilo en un parque de La Habana. A estas alturas ¿quién dudaría en Cuba que al «extraño» John lo montaríamos en nuestra barca?

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