¿Siempre la misma sal?

Autor:

Osviel Castro Medel

No habían transcurrido todavía 12 meses del show de aquellos dos llamados humoristas en la inauguración del carnaval de Bayamo. En su actuación de entonces, en la que fingieron cantar una parodia, soltaron una ráfaga de palabras «hermosas y maduras», que pesan demasiado como para escribirlas aquí.

Terminaron burlándose del «blandito», del feo… del guajiro. Y, en el intento de convertirse en profesionales del chiste, renegaron de sus propias raíces o de las tierras que los vieron nacer y crecer.

Ahora, en la apertura de las recientes fiestas populares del mismo lugar, los «cómicos» volvieron casi con las mismas bromas, vulgaridades y referencias a las «pájaras locas» del verano anterior.

Lo mejor o peor es que aun así, con repetición y alaridos incluidos, con esas frases inapropiadas para una plaza pública en la que había cientos de niños, surgieron carcajadas a granel.

No me inquieta tanto que exista el pujo con su consiguiente aprobación risueña. No me desvela que algunos, habiendo llegado a los medios nacionales de comunicación, demuestren que su repertorio para hacer gracia se restringe a la bufonada, la gritería y la palabra pinta.

Lo que me llama la atención, más allá de las posibles «teorizaciones» sobre el concepto de cultura, es que se acuda con reiteración a esa pauta humorística de pobre creación e inteligencia, como si en esta nación no existieran otros ejemplos y variantes superiores.

Precisamente meses atrás se enhebró en estas páginas un comentario titulado Cómico y complejo (24 de octubre de 2010), que exponía, entre otros puntos, que «nosotros mismos, en ocasiones, le cedemos el paso a lo ramplón y lo grosero porque no existen los Chaflanes que nos hagan meditar y reír a la vez, con sombrero y sin sombrero; ni aquellos que explotaban la historieta relajante y pícara, los malentendidos, el doble sentido, la fantasía y la invención».

Pero agregaba al final: «O es que tal vez no los buscamos o no les abrimos espacio en el mar agitado de nuestro reloj».

En eso último, acaso, radique el meollo del asunto. ¿Cuántas veces nos casamos con un artista «nacional» solo porque aparece en la pequeña pantalla y desdeñamos al que tenemos a dos metros, mucho más talentoso y menos exigente en cuanto a logística? ¿Cuántos otros actúan con comicidad y agudeza sin auxiliarse de mofas hipotecadas?

Andrés, sin más señas, uno de los lectores que opinó sobre aquellas líneas, expuso que «la falta de diversidad… puede convertirse en una fuente de empobrecimiento intelectual». Más adelante agregaba con tino: «Humor de mala calidad siempre va a existir, junto con su público. Pero si no se ofrecen y promueven otras alternativas, entonces va a seguir floreciendo este tipo de cosas tan desagradables».

Aunque ciertos ejemplos den la espalda a ese humor elegante y profundo, otros no reniegan de él. Ahí están El Guayabero, Enrique Arredondo, Virulo y muchos más, entre los que se ganaron un sitio no pocos de la más joven oleada de exponentes del género. La labor de las instituciones para distinguirlos y promoverlos puede mejorar, cierto, pero la voluntad de evadir el facilismo nace de uno, no se «instala» en la obra mediante una disposición administrativa.

Sé, como epílogo, que aquellos dos «comediantes» volverán a estar en la pantalla y probablemente en otras fiestas de Oriente y de Occidente. Y si no son ellos, puede que actúen otros con su misma sal. Lo esencial, en todo caso, es encontrar el anís, el azúcar o cualquier otro condimento que no nos lleve a repetir ese mismo plato de humor.

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