Donde las ideas se hacen tangibles

Autor:

Alina Perera Robbio

Sospecho que, en nuestra hora actual, serán pocos quienes no aprecien al universo de lo subjetivo como el campo de batalla donde se den los cruciales desenlaces en pos del destino del país.

A riesgo de que me tilden de recurrente, creo imprescindible subrayar la idea de que los cambios a nivel de pensamiento serán los que hagan posible que cualquier idea buena, estampada o no sobre el papel, pueda trocarse en evento tangible dentro de la sociedad.

Y habiendo propuesto el tema general, presento una palabra que, como tantas otras, adquiere para mí categoría de llave mágica en esta etapa de cambios a lo profundo: interpretación.

Cuando el compañero Raúl, por ejemplo, nos recién ha dicho: «Limpiémonos la cabeza de tonterías de todo tipo, no olviden que ya concluyó la primera década del siglo XXI, y es hora», todo parece estar bien claro. Muchos toman la expresión y otras parecidas a modo de talismán. El quid está, sin embargo, en cómo cada quien asume la idea de una mente abierta a conciencia y la siembra adentro a ver si prende para todas las encrucijadas por venir, y hace desde su espacio y nivel de acción lo más oportuno, cristalino y audaz que cada momento exija.

Hay otro ejemplo todavía más ilustrativo: ha quedado explícita la voluntad política de que, salvo excepciones que impongan mantener secretos inevitables, lo demás sea ventilado con transparencia, en franca cruzada contra el secretismo. Ahora bien, cuando esa reflexión echa a andar por todos los cauces de las decisiones humanas, habrá que atender muy finamente cuál será la exégesis de los ejecutores: ¿colocarán una línea afortunada por cuenta de la cual quizá el 80 por ciento de los asuntos podrán compartirse y desmontarse sin paranoia, mientras un 20 por ciento quedará para lo que al menos por ahora deba andar oculto; o la proporción numérica se aplicará a la inversa?

La interpretación no es simple lectura de palabras sino el entendimiento verdadero, y el acometimiento consciente de un ánimo. Es en ese acto donde se define si una idea encontró terreno fértil o se quedó, lastimosamente, en el éter.

En esta hora serán poco útiles, incluso peligrosos como sillas apostadas a la vera del camino, como para aletargarlo todo, aquellos intérpretes de hojarasca, de mente estrecha, para quienes los errores solo se conjuguen en tercera persona y no, antes que todo, en primera persona; aquellos que no vayan más allá de lo puntual y solo busquen en sus agendas errores muy evidentes que deben ser enmendados como en una bodega antes de la inspección.

Existe un universo de conceptos que, para ser interpretados hondamente demandan también el equilibrio en su entendimiento. Todo pasa por el tino que pongamos en el instante exacto de aplicarlos. Al respecto existe otro ejemplo redondo: desde el momento de haber sido pronunciada por Fidel, los cubanos hemos hecha nuestra la frase de que Revolución es cambiar todo lo que deba ser cambiado. El desafío está en que cada uno de nosotros somos quienes debemos discernir, en cada circunstancia, qué exige ser cambiado, dónde, hasta dónde, por qué, y cómo.

Lo fecundo es que, cuando se conozca y comparta una idea trascendente —de estos tiempos o de otros de la Historia—, la mirada nuestra se despoje de toda sombra mezquina y se pose en el horizonte del país, mucho más allá de un asiento cómodo, o de la condición de «correctos», o de intereses también estrechos. Se dice fácil, pero hacerlo implica coherencia, sensibilidad, y mucho coraje para batallar en primer lugar contra uno mismo, en una pelea muchas veces silenciosa pero auténtica, cuya meta es irnos superando en una suerte de revolución mental que no se dará de la noche al día y mucho menos por decreto alguno, sino después de muchos intentos y tropezones honestos.

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