Anillo de amantes

Autor:

Enrique Milanés León

Ver unidas o reconciliadas a la madre y a la novia: pocas aspiraciones personales adquieren para los hombres sensibles la importancia de esta, mucho más para aquellos que desde la infancia, tras ese idilio precoz llamado a durar hasta que la vida los dejare, sufrieron la anunciación de que sus dos más grandes amores parecieran contrapuestos.

Entre otras muchas, José Martí vivió esa zozobra. Leonor, menos por celos que por temor, veía a su «rival» como la relación que podía arrancarle para siempre a su Pepe en el más leve abrazo patriótico. Él, que nunca se sintió en el medio ni sometió a consulta sus sentimientos, sufrió a mares por las incomprensiones maternas, pero quizá por ello disfrutó a cielos que fuera ella misma, la crítica inconmovible de sus entregas, quien lo casara con novia tan conflictiva.

Con las manos de acariciarle, Leonor Pérez colocó en un dedo de su hijo ya casado aquel anillo de bodas raro, barato, valioso…

Fue en Nueva York, cuando noviembre comenzaba a enfriar las noches de 1887. Recién fallecido Mariano, la madre de Pepe Martí lo visita: le acompaña, se acompañan, para actualizar evocaciones, cuidados y afectos. Los dolores abundan en la casa, sin embargo el hijo y el patriota comparten, en el mismo cuerpo de luchar, una satisfacción: la doña inflexible le ha traído desde Cuba el anillo encargado por él con uno de los eslabones de los grilletes que en la cárcel le mordieron el cuerpo con saña peninsular.

¿Una tregua en el combate familiar? ¿Actuaba la madre como la pastora de almas que formalizaba al fin, en íntima ceremonia, el compromiso hasta entonces cuestionado y criticado? Puede ser, porque ese anillo grabado con el nombre de la patria anudaba varios simbolismos: nació del hierro esclavista y pasó a acompañar hasta la muerte al hombre que más hablaba de la libertad, convirtiéndose, de un instrumento de opresión, en un atributo emancipador. Limitada en su cultura y fiera luchadora por su único varón, Leonor no podía ignorar el alcance de su acto.

«Es ésa sin duda la salud repentina que todos me notan», escribió Pepe, satisfecho de la cercanía inspiradora de su madre. Se sabe que para cambiar el mundo José Martí empleaba un combustible filial: el cariño que recibía y el que daba, de ahí que en esos días su actividad de hombre ardilla se vio multiplicada gracias a tantos quereres.

La grandeza no requiere joyerías. El anillo Cuba lo confeccionó en La Habana su amigo Agustín de Zéndegui, un hombre que murió con la satisfacción de saber que el cubano más ancho que haya existido —entonces como ahora— llevó por más de siete años, cercando el anular de su mano izquierda, ese fragmento de patria con forma de prenda común.

Tiempo antes, en carta a Gabriel de Zéndegui, Martí le había pedido: «Recuérdale al olvidadizo de tu hermano que termine la sortija, que es la única que ajusta a mi dedo». Tampoco había, aunque él no lo dijera, un dedo que ajustara mejor a esa prenda cuyos detalles no se han podido rastrear porque apenas la hemos visto en dos imágenes: el lienzo que en 1891 le hiciera el pintor sueco Herman Norman y la fotografía que Martí se tomó en Cayo Hueso, en 1894, con sus amigos Fermín Valdés Domínguez y Panchito Gómez Toro.

«Yo uso un anillo de hierro y tengo que realizar proezas de hierro. El nombre de mi país está grabado en él y he de vivir o morir por mi país», nos avisó Pepe en uno de los fragmentos de sus obras, de modo que quien sepa leer entenderá perfectamente que ese anillo es también un mapa biográfico.

No fue solo esta sortija: José Martí emancipó todos los símbolos del encierro. Sobre la estantería de su oficina en Nueva York tenía colocado el grillete como hierro domado que él obligó a acompañarle en la lucha por Cuba. Se dice además que mucho antes, en los días de El Abra, el muchacho dormía al lado de la cadena que llevó en presidio, seguramente sacando, de dolorosos recuerdos, los sueños hermosos de la libertad.

Todos pensamos lo mismo: siendo de hierro, el anillo debía ser una de las piezas que los martianos del mundo veneramos en un museo, en su Casa Natal, por ejemplo, pero no es así. El anillo se perdió cuando, tras el ascenso afilado al sol de Dos Ríos, el cadáver del Hombre fue despojado por almas enanas que no alcanzaron a entender qué pasaba ese día. Le llevaron el revólver, el reloj, el cinto, las polainas, los zapatos, los papeles y el dinero de Cuba que el Héroe guardaba para nuestra causa. Le sustrajeron el anillo sin saber que lo más valioso era ese compromiso de darse que sigue intacto todavía.

No, no está el anillo en ningún museo, pero niños cubanos portan, justo en ese dedo que hace más de un siglo escogiera Martí para el suyo, réplicas de la prenda que certifican su inclinación temprana hacia el Maestro, el amante más fiel, el poeta enorme, el Mayor General, el hombre al que la mismísima muerte tuvo que respetarle —como antes, en la vida, había hecho Leonor— su terca unión, desde el índice que apunta a la Historia, con una novia hermosa y compleja que todos llamamos Cuba.

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