Plegaria de miércoles por la mañana

Autor:

Francisco G. Navarro

Recostada a la tumba de su padre, losa recién cubierta con una guitarra de pétalos, Hilda Moré se atrevió a desgranar por primera vez ante un auditorio lajero, las notas de una canción plegaria.

Momentos antes sus ojos se humedecieron mientras escuchaba al pariente Simeón duplicar lo mejor posible la voz del Inimitable y un trío de repentistas hacía de espinelas, en el cementerio de Santa Isabel de las Lajas, la biografía de Benny Moré.

Ocurrió la mañana de un miércoles. Hacía 90 años exactos que el futuro cantor gritó un la sostenido al salir del vientre de la adolescente Virginia Moré, tataranieta de Gundo, un cautivo congolés de sangre real. Como si debiera anunciar a los cuatro costados del globo que en el barrio lajero de La Guinea acababa de nacer el príncipe de la música popular cubana.

Ya parecía amainar el aguacero de sentimientos que empapaba la última residencia terrenal del Sonero Mayor, cuando Hilda enjugó la rebeldía de una lágrima y anunció retadora: Ahora voy a responder yo.

Y la letra invocadora de A mi padre, compuesta especialmente para ella por su yerno Claudio Lam, conmovió los cimientos del sepulcro, donde los huesos de Benny y Virginia comparten para siempre la vecindad que durante nueve meses tuvieron antes el útero y el embrión.

A estas alturas ya no voy a lastimar su respeto, justifica su reciente incursión vocal la hija del prodigio, quien apegado a los tabúes sexistas de la época nunca quiso para Hilda el camino de la música, posible sinónimo de bares y clubes nocturnos donde la figura de la adolescente sería diana de ciertos dardos muy bien conocidos por él.

«Era muy celoso y creía que el espectáculo era cosa de hombres, pero ya no existe peligro para los temores de Papi. Mire usted qué gruesa estoy; esta vez no pude ni traer la corona».

A la hora de realizar la versión de A mi madre, homenaje musical de Benny a la autora de sus días, Claudio tuvo en cuenta la veneración de su suegra por el hombre que encandiló a Cuba con un bastón convertido en batuta.

«Vivo en el que fue el último hogar de mi padre, en el reparto La Cumbre, por la Calzada de Güines, en San Miguel del Padrón, y allí realizo día por día una especie de ritual al levantarme: voy a un lugar del patio y ahí le pongo café, ron, cigarros, tabacos… también cuando hago una comida rica que sé a él le gustaría».

En aquel sitio sagrado, El Conuco de la leyenda benniana, los terceros domingos de cada mes Hilda hace de anfitriona de una peña homenaje al Bárbaro progenitor. «Es de tres a siete de la tarde, pero suele terminar a las 12 de la noche, cuando canta el último de los invitados».

Alejada del pentagrama por respeto filial, ella encontró recompensa en la maternidad: cinco hijos y ocho nietos.

Muchos en Cienfuegos recordarán sus 18 años de trabajo en la florería de la calle Castillo, y quienes padecen de «radiofilia» muy probablemente atesoren también en un anaquel de la memoria musical, aquellas dos canciones que grabó en los estudios de Radio Ciudad del Mar, a dúo con su padre inmortal, en la versión criolla de Nat y Natalie Cole.

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