Resistencias

Autor:

Hugo Rius

Tuve una sagaz compañera de aula universitaria que solía decir, cuando nos enfrascábamos en las fructíferas discusiones estudiantiles de los tiempos que nos tocó, que más pronto se desintegra un átomo que un prejuicio. Y aunque aquella formulación a todas luces sonara absurda, o cuando menos exagerada, servía sin embargo para subrayar cuán difícil puede llegar a ser arrancar del pensamiento ideas infundadas y, por consiguiente, también modificar mentalidades anquilosadas, herméticas ante los cambios que impone la vida, la sociedad.

Por entonces acostumbrábamos a calificar de «teóricos de sobacos», a quienes gustaban de andar de arriba para abajo exhibiendo libros bajo el brazo, sin la certeza de que sus contenidos hubieran penetrado crítica y creativamente en el cerebro y mucho menos se tradujeran en una aplicación coherente y atemperada a la realidad concreta. En sus páginas podían encontrarse sustanciales referencias a la dialéctica, pero aquellos lectores de galería nunca pasaban de aprenderse y repetir textos como recitadores.

Saco a cuento estas memorias, porque de alguna manera se emparentan con las resistencias mentales del presente a las renovadas miradas y a los enfoques actualizados que requieren la gestión para la sostenibilidad y crecimiento de la economía, y que necesariamente tienen que ir acompañadas de otros estilos de administración y participación de todos los involucrados, que ensanchen la horizontalidad de la democracia socialista.

La resistencia a esos indispensables cambios —como se ha dicho bastante— puede que en mayor o menor medida anide en el pensamiento de cada uno; y si no se trasciende de solo su reconocimiento, sin vencer esa especie de autorresistencia empotrada como reflejo condicionado, podríamos terminar convirtiéndonos en otra versión de «teóricos de sobacos».

Con suficiente precisión se ha identificado al aparato burocrático, generador de una mentalidad —y prácticamente una cultura— enraizada como el principal foco de reticencia a la fluidez que demandan los tiempos, porque debido a su propio ejercicio, un problema concreto, a veces urgente y dramático, se convierte en un mero papel que va transitando de oficina en oficina, ascendiendo de escalón en escalón, para luego emprender un viaje a la inversa y, cuando al fin llega, el sombrero ya no le queda a la cabeza.

Sin embargo, a menudo se consigue, retribución por medio, imprimirle velocidad supersónica a ciertos trámites, incorporando así zonas de intereses pecuniarios al mantenimiento del excesivo papeleo burocrático, junto a la comodidad de ir desplazando responsabilidad de soluciones cuanto más arriba mejor, y en esas condiciones el funcionario ya no funciona.

Lo peor, a mi modo de ver, consiste en la negativa influencia que potencialmente ejerce en la ciudadanía trabajadora, la cual llega a percibir al burocratismo como un mal irremediable, que permea las más diversas actividades, y que la inhibe de un mayor e indispensable protagonismo en el planteamiento de observaciones, quejas y propuestas en sus espacios sociales de pertenencia y discusión. Porque las respuestas no siempre «bajan», o llegan remisas, incompletas, muchas veces armadas de palabrejas estereotipadas. La información, que constituye un sagrado bien público, también en ocasiones se retrasa, cuando ya corre por la calle, y distorsionada.

A quienes estamos comprometidos con empujar el país por los cauces a que aspiramos, nos toca enfrentar con tesón los focos de resistencia mentales, para desintegrarlos antes que al átomo.

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