Ciclones con ruedas - Opinión

Ciclones con ruedas

Autor:

Osviel Castro Medel

Alumnos vinculados en aquella época a la Vocacional de Holguín todavía recordamos con amargura la tragedia de ese domingo, hace más de 20 años: un camión particular que transportaba estudiantes hacia la escuela intervino en un accidente de tránsito y de esa manera se perdieron de golpe 15 vidas en flor.

Después se supo que el conductor de ese «porteador privado» no fue el responsable directo de la desgracia, aunque la pena al culpable —el chofer de un vehículo menor— jamás alivió el pesar de compañeros y padres.

De todos modos, el accidente, ocurrido en un tramo de la vía Bayamo-Babiney, hizo poner los ojos sobre aquellos camiones congestionados de colegiales y por eso luego fueron suspendidos de la transportación escolar.

Sin embargo, a la vuelta del tiempo y por necesidades inevitables del destino, esos mismos transportadores volvieron a ser medios obligados para personas de todas las edades, incluyendo incontables becarios.

Por consecuencia, son contados hoy los que no levantarían la mano si preguntaran quién ha montado en esos y en otros carros, símbolos del apretujamiento y del calor.

No obstante, estas líneas no pretenden, en primera instancia, filosofar sobre comodidades o precios debidos a la llamada oferta y demanda. Pretenden posarse, esencialmente, en un problema que pudiera traernos finales tristes como aquel de los alumnos de la Vocacional holguinera: la altísima velocidad que alcanzan algunos de estos «almendrones» en nuestras vías.

Quien dude de lo que escribo, párese un día a la vera de la Carretera Central, en cualquier punto no patrullado, y notará que el viento de innúmeros ciclones con ruedas le golpeará el rostro.

Incluso es un secreto público que en determinados lugares se entablan competencias entre los conductores con el objetivo de llegar primero a terminales y otros sitios de congregación para «cargar». Y en esa díscola carrera, que contraviene leyes del tránsito y de la urbanidad, impera la cañona a bicicleteros, motociclistas, coches y otras «presas» menores que aparecen indefensos ante esos rugientes tiburones de la vía.

Hace siete años, este mismo periódico publicó una crónica (Caníbales en la vía, 21 de septiembre de 2004) en la cual exponía la historia de un motorista que salvó su vida gracias a las maniobras que realizó después de lanzarse al asfalto, debido a la brutalidad impuesta por uno de estos carros huracanados.

Señalaban aquellas letras que «nadie posee el derecho refrendado de andar como ráfaga invisible y delirante en los asfaltos nacionales (…) Pero esa potestad es aún más impensable para aquellos que llevan decenas de vidas a cuestas».

La vigencia de tales líneas se mantiene casi intacta porque un accidente siempre resultará doloroso, pero cuando lleva el añadido de «masivo» multiplica sufrimientos y daños. Y es difícil que una contrariedad vial en la que participe un camión armado con hierros y cabillas, cargado de personas, no lleve ese apellido gris.

Después de aquel trabajo periodístico ha llovido; vinieron otras letras de alerta, se renovó una ley para hacer más seguro el tránsito nacional y se hicieron ajustes necesarios en pos de la prevención y la educación vial. Pero la conciencia de muchos, en cambio, sigue llevándose la luz roja y cercenando vidas.

Y esa es la parte más complicada y difícil. Hace falta mucho más que un semáforo, y más que señales y decretos, para controlar, o al menos mitigar, esos amenazadores ciclones.

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