La melodía del eterno Comandante - Opinión

La melodía del eterno Comandante

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

Fue, es, uno de esos héroes con música en el alma y palabras para conservar los combates, los esfuerzos y los sueños, que al decir de Roberto Fernández Retamar, hacen dichosa a la Revolución Cubana.

Y es que su dimensión como guerrillero legendario y dirigente político; la estatura, ganada con coraje, de uno de los íconos de la épica resistencia de la Patria, nunca pudo separarse de su condición de hombre de sólidos principios, humano, sensible y cordial, leal y franco, que llegó a la gloria sin olvidar sus orígenes.

Sincero, modesto, crítico, amigo, observador hasta el detalle, intransigente con la calidad y la belleza, exigente con sus orientaciones, amante de la puntualidad y estricto cumplidor de los compromisos y la palabra empeñada. Ese es el retrato reiterado que ofrecen quienes le conocieron y compartieron empeños con él.

Así se descubre en la historia viva, más allá de los libros, la huella profunda y versátil del Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, en el aniversario segundo de su desaparición física. Y uno puede divisar desde la admiración, los retos que nos lega su ejemplo.

El aguerrido jefe que devolvió la dignidad a las serranías del Tercer Frente, el hombre que hizo futuro siempre al lado de Fidel y de Raúl, el compositor prolijo de más de 300 canciones de casi todos los géneros, el poeta dirigente apegado a la gente simple, que sin alardes enfrentaba directamente los problemas hasta solucionarlos y en medio de sus responsabilidades sabía estirar su tiempo para depositar una flor ante el compañero caído, ejercitar sus músculos o intentar descifrar los caminos del cocoyé santiaguero, nos demostró así que es posible intentar ser mejores humanos cada día.

Su historia tiene de las privaciones de una cuna humilde, en el reparto Los Pinos, de La Habana, donde creció, se formó con los más altos valores y comprendió la necesidad de combatir por los ideales de justicia e igualdad, y de la constancia de quien, fiel a un ideal, atacó un cuartel que fue luego luz fundadora, enfrentó la prisión, el exilio, la valerosa travesía del Granma y, tras el fatídico combate de Alegría de Pío, marcó con un grito: «¡Aquí no se rinde nadie¡» la capacidad de resistencia y el sentido del deber de los cubanos.

Su temprano nombramiento como Comandante, junto a Raúl, en 1958, tal vez fue para él otra manera de defender los sueños del niño que lustraba zapatos o del albañil; el mismo que siguió construyendo esperanzas tras el triunfo de enero de 1959 cuando la Revolución victoriosa le abrió las puertas a nuevas responsabilidades: jefe de la Dirección Motorizada del M-26-7, de la Fuerza Aérea del Ejército Rebelde y del Ejército; en la lucha contra bandidos, como viceministro primero y jefe de la Dirección de Servicios del Estado Mayor General de las FAR; integrante del Buró Político del PCC y su Comité Central, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular por su entrañable Santiago de Cuba, vicepresidente del Consejo de Estado, presidente de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana desde su fundación…

Para quienes le conocieron, su carácter serio y el rigor, apegado por sobre todo a la disciplina, se juntaban con una expresión sonriente y cariñosa y la preocupación constante por el pueblo.

Decía, repiten todos los que fueron alguna vez sus subordinados, que el dirigente tiene que ocuparse de las cosas fundamentales y al mismo tiempo de las aparentemente pequeñas, que contribuyan a satisfacer las necesidades de la gente.

Sus reuniones eran cortas y muy operativas y en colectivo buscaba la solución a los problemas. No pocos le vieron  pedir tiempo para visitar el lugar o hablar con los implicados antes de adoptar una decisión; rechazar enérgicamente la adulonería y ser siempre ejemplo, un estilo de dirección con el que muchas veces está en deuda nuestro tiempo.

Fue un defensor de la unidad como raíz de la libertad y la independencia; y como portador de una fidelidad sin límites protegía la autoridad de Fidel y Raúl como la niña de sus ojos. «Eres el primero en Santiago«, cuentan que le dijo en pleno parque Céspedes un amigo de acá, pero él ripostó de inmediato: «No, soy el tres, el primero es Fidel y el segundo, Raúl».

Aún guarda la Sierra sus pasos por la tierra mojada. Se siente entre las montañas la melodía de su música y se respira el cariño que sembró con el fusil al brazo o tocando el corazón de su pueblo.

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