Hambre en propiedad

Autor:

Hugo Rius

Con harta frecuencia lo decimos. Quién aquí escribe y sus lectores, cualquiera en el seno familiar, en los entornos laborales y de estudio, donde quiera: «qué hambre tengo». Pero ese grito que pretende ser desesperado se pronuncia con tal vigor en la voz que suena contradictorio y pronto se comienza a dudar de la veracidad de lo expresado, o por lo menos a sospechar que se abusa del término.

Confieso que no fue hasta que mis obligaciones reporteriles me llevaron a otras latitudes de este mundo, y sobre todo al África, donde los dramáticos efectos de la desigualdad poscolonial son más patentes, que pude establecer con nitidez la diferencia entre apetito voraz, la ansiedad por el turno de comida y el hambre con mayúscula, sin alternativa alguna de «tentempié», capaz de matar en toda la precisa extensión de la palabra.

Una vez presencié a unos escuálidos niños que, al amanecer, al apagarse las luces de una callejuela, se precipitaban a recoger e ingerir los insectos que perecían por tal causa; y ya a punto de retornar, en la pista del aeródromo, vi a una persona que perseguía un lagarto y se lo zampaba de un tirón. En la capital etíope, por ejemplo, se consideraba de mal gusto comer en público, por una especial sensibilidad hacia los verdaderos hambreados que deambulaban por doquier.

Y ahora resulta que algunas empresas estadounidenses, coligadas con universidades, se han lanzado a adquirir tierras en ese continente, y no precisamente para paliar las hambrunas, sino para destinarlas a la fabricación de biocombustibles que llenen los depósitos de los automóviles de las sociedades de consumo. Equivale a un diseño de adicional genocidio por inanición, a mediano y largo plazo, de no advertirse y detenerse, como si no fuera bastante la crisis alimentaria y el encarecimiento de los precios del presente.

Mientras esos diabólicos proyectos egoístas se ponen en marcha, la hambruna que azota a Somalia cobra las vidas de más de cien niños por día. Y a pesar de los sombríos pronósticos de la ONU para los meses venideros, los poderosos Estados belicistas hacen oídos sordos a la tragedia que clama por asistencia humanitaria urgente, y los megamedios afines dedican más espacio a cómo se derriban Gobiernos mediante injerencias externas.

Conviene siempre reflexionar sobre los acontecimientos del mundo y el diario vivir para comparar y contrastar, cosa que tanto ilumina el pensamiento y la conciencia sobre las diversas realidades. Que no es lo mismo padecer hambre que comer todos los días, mucho o poco, en parte con alimentos subvencionados, picar aquí y allá, al paso, según se pueda, insatisfechos, desde luego, por cuanto falta todavía, pero a la vez divisando en la producción la única fuente certera de plenitud y abundancia sobre la mesa, que es aspiración legítima.

Vamos a usar las palabras con propiedad y devolvérsela al hambre, esa desconocida entre nosotros, que a ratos es fabricada, por medios hostiles de otro lado, a través de voces tarifadas de borrachines e inconscientes.

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