El poeta en verso convertido

Autor:

Enrique Milanés León

No pudo resistir ninguno de ellos el impulso preciso de cantarte. José Manuel Carbonell dijo de ti que viviste «con la fe misteriosa del profeta y el aliento inmortal de los titanes», mientras Rodríguez Embil te contó en letras su descubrimiento: «Hay algo en ti —te reveló diciéndonos— de Cristo y Don Quijote…».

Francisco Sixto Piedra pensó que tú eras Cuba misma batallando, y Byrne, aquel poeta que te llamó «lírico domador de corazones»; Byrne, aquel que rimaba tejiendo franjas de bandera, te imaginó dormir y contó el sueño: «Soñaba con las palmeras, con las palmeras soñaba; y al verlas, imaginaba que eran novias hechiceras».

Muchos hablaron de tu muerte. Miguel Coyula supo entender que ni con ella «se eclipsó la Estrella Solitaria, sino que fue mayor su centelleo…», de modo que no asombra la forma en que te nombra Raúl Gómez García, quien ante tu tumba útil vio a todos los cubanos postrados de rodillas.

No fueron pocos los que describieron tu amargura patriótica, indómita amargura: fuiste, para nuestra Zambrana, «el genio errante, pálido y sin calma, que sintió en las tinieblas de su alma estremecerse el sol». No le tembló la pluma a Hilarión Cabrisas para dejar en verso este retrato muy tuyo y muy huérfano de risas: «Tú también fuiste triste, Martí. Tú también fuiste inmensamente triste…», te susurró a nuestro oído mientras buscaba: «¿Qué abismo más abismo que tu alma?».

Eres aún para Villena —el poeta fusil de insomnes, gigantescas pupilas sempiternas— «Señor de la Palabra, Caudillo de la Idea…» y le guías guiándonos en verso y prosa, en amor y dolor y en otras guerras. Pero no crece el miedo cerca de tu hombro de hombre y General Mayor; lo escribe Retamar con alma y letra: «Sabemos que se esconde en tu puño una alondra; que tras la boca airada va merodeando un beso…». Sabemos que tú sabes que sabemos, ¿qué importa quién no sepa?

Algunos se cansaron de buscarte tan solo —solo de solamente y solitario, y también viceversa— aquí en la tierra y fueron a encontrarte cielo afuera. Mañach te llamó «Padre nuestro Martí» y Francisco Riverón, que te veía «tan empinado al cielo y tan en tierra», usaba un vocativo poderoso después de comenzar en un poema: «José de los cubanos…».

Tan mujer y tan Fina, tan muy ella, la García-Marruz buscó meticulosamente entre tu ropa: «Su traje me conmueve como una oscura música que no comprendo bien…». Otros siguieron adentro, muy adentro, camino de tus ansias: «¡Qué mar el de tu frente…», cantó Mariano Brull antes de hallar que «un ángel perseguido en tu pecho se ampara y mira con tus ojos y con tus labios bebe en la fuente de lágrimas que el bien y el mar separa».

Raúl Ferrer, Maestro como tú, de letra tan mayúscula y niña mala y Pilar sin zapatos y dulce esquela, sugirió la herramienta con que asirte: «Para marcar tus rutas, un lucero…». Alumbrada con él, Isa Caraballo había sentido que «el pueblo te ha encontrado, ceiba del sacrificio por pájaros envuelta y por los astros». Es que eres un candil de afectos, como dijo en sus letras Adolfo Menéndez de cara al árbol grande que es la patria: «Pronunciamos el nombre del Maestro y se enciende una estrella en cada rama…».

Con pupilas románticas te recordó José Machado: «La casa de María, en Guatemala, se le abrió con amor; pero él quería pasar por la existencia de María, con la dulzura trémula de un ala». Así, como fue que pasaste, como quedas en el pecho de todos y el de ella.

Pero fue Cintio, parece que fue Cintio, quien mejor supo hallarte. Cierta noche en que Cintio Vitier velaba el monumento, aprovechó la lenta caminata de las horas para hablarte a solas, deteniendo un instante tu apuro de hombre ardilla. El caso fue que Cintio se dio cuenta: «Yo estoy de paso, cuidando un edificio, pero el que está de guardia permanente eres tú».

Gracias por eso, Martí. Muchas gracias por hacerla.

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