La «deuda» de Frank

Autor:

Yahily Hernández Porto

Fue una semana diferente, un domingo diferente, una tarde diferente. La noticia corrió como pólvora encendida por Camagüey: Frank Fernández daría su primer concierto en esta legendaria ciudad.

Cuentan las buenas lenguas que muy temprano en la mañana dominical las entradas se agotaron y que, desde el día anterior, hubo quien no durmió a cambio de papeletas.

Justo al llegar la tarde nació la novedad, el encanto de sus manos y el sonido del amor. En vilo y en silencio, de esos que no dan tregua ni al aliento, se estableció el diálogo íntimo y estremecedor entre Frank y su público, esta vez camagüeyano.

El teatro cantó en cientos de voces, porque hubo fuerza en el sonido sin palabras. La Comparsa de Lecuona se multiplicó, las paredes bailaron y temblaron con Tierra Brava —escrita para Cuba y los cubanos—, y con La Gran Rebelión, los aplausos, por más de tres minutos ininterrumpidamente, estallaron.

No se equivocó El Caballero, Adalberto, al invitarlo y al describir cómo «este pueblo tiene el “defecto” de aplaudir lo que más vale y brilla…», porque no fueron aplausos, sino ovación a su presencia.

Pero lo que muy pocos vieron, Frank, fue cómo futuras madres tranquilizaron a las criaturas en su vientre ante el murmullo de amor que lograste con tus notas musicales, y al bebé en brazos le solfearon la canción de cuna que ofreciste, para ser, por minutos, el padre que abraza sin sospecharlo a través de su don.

Alguien dijo, en medio del paraíso que construiste por tres horas —para muchos será por siempre— que «Beethoven llamó a Frank por celular». Y no se equivocó el amigo Pérez Mesa al sorprender la metáfora, pues quienes lo disfrutamos, sentimos también, a través de tanto talento, al grande de la pianística mundial.

Su presencia, maestro, más que una fiesta cultural en la Tierra de los Tinajones, fue el canto a la madre ausente-presente de tantos, el Ave María a la historia, al presente, al futuro, ese que obliga a redescubrir de dónde somos y hacia dónde vamos.

Cumpliste la «deuda» Frank, con la Principeña comarca de Pastores y Sombreros, y con esa expresión iniciaste la confidente plática, a teatro desbordado, que obtuvo como respuesta lo que parecía el récord Guinness en aplausos. Sin embargo, aunque resulte contraproducente, quienes disfrutaron de tu arte, preferirían una deuda multiplicada y de eterno cobro, una deuda impagable que te trajera de vuelta otro domingo de estos.

Porque Frank, con su piano y su destreza, al acariciar las teclas del instrumento, fiel amigo y parte indispensable de su familia y existencia, nos dio también lecciones de cómo «tocar-andar» por la vida.

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