Regalo de un cronista

Autor:

Alina Perera Robbio

Lo bello desconoce los límites del tiempo. Por eso me atrevo a contar, aunque alguien diga que es asunto viejo, sobre un suceso vivido en Cienfuegos (el VI Encuentro Nacional de la Crónica Miguel Ángel de la Torre, del 3 al 5 de este mes); del cual regresé a mi Habana de siempre con un montón de regalos del espíritu.

Aunque los anfitriones —maravillosos, por cierto— me venían invitando desde la tercera edición del Encuentro, no fue hasta la sexta que pude ir y sumergirme con ojos deslumbrados, de quien se estrena, en una familia de cronistas llegados desde diversos puntos del archipiélago, cuyo hilo común es la sensibilidad fina, la mirada de fascinación que ve lo trascendente allí donde otros no encuentran más que hojarasca, y en fin, el impulso por contar sobre la vida con un desvelo que se da la mano con lo poético.

Durante los tres días intensos que duró el evento muchas maravillas se mezclaban en una ciudad muy limpia y preñada de gente dulce. Casi todas las horas estuvieron marcadas por el humor entre colegas; por una sonrisa de altura, llena de ironías y sutilezas siempre aleccionadoras, como esa que nos legó el gran periodista y amigo Manuel González Bello, quien una vez más fue recordado por la maestría de su palabra y la anchura de su corazón.

Escuché ideas de gran valor en maestros como Luis Sexto, Julio García Luis y José Alejandro Rodríguez. Me sobrecogieron el arresto y las pinceladas de jóvenes escritores que ahora se abren paso cristalinamente, y que en una tarde de leer crónicas mostraron algo de sus pálpitos más íntimos.

Pero la viajera de nostalgias que soy debe comentar sobre la más alta nota, para mí, de todo aquello; momento que arrancó una lágrima en esa tarde fresca y final de compartir textos: fue la lectura, por parte del periodista y poeta Yamil Díaz Gómez, de una crónica suya, muy breve, titulada Llegar a Guatemala. Desde hacía 15 años no nos veíamos este entrañable martiano y yo… Desde los días de estudio en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, donde compartíamos el mismo año docente aunque no la misma aula.

Cuando terminó el evento Yamil partió a su natal Villa Clara, allí donde siente estar amorosamente anclado para siempre. Días después pude rescatar su crónica a sabiendas de que más de un lector coincidirá conmigo: Llegar a Guatemala es un texto que conmueve hasta lo profundo. Al ser un exquisito regalo, pensé que lo mejor sería regalarlo a otros muchos. Y eso hago:

La noche del 23 de julio de 2004 —cuando llegué al aeropuerto de Guatemala, y no había nadie esperándome— fue la primera vez que me llamaron «caballero».

La voz salía desde el fondo de la tierra:

—Caballero, ¿no quiere que le lustre?

El rostro hambreado y suplicante. La ropita sucia. El zapato derecho con un agujero como de balazo. El enorme cajón de limpiabotas sobre un hombro sin fe.

No. Nadie. Nunca. Jamás me habían llamado «caballero». Sin comprender, volví el rostro hacia el muchacho y sentí un ansia horrible de abrazar a mi hijo. A mi hijito, que en Cuba, cumpliría cuatro años unas horas más tarde. Pensé en los ángeles tan limpios y radiantes de las estampas religiosas que acaricié en mi infancia. Como Cristo, lloré.

Algo brotó de un manantial recóndito, de donde habían salido lágrimas solo cuando la muerte de mi padre.

Por un momento no maldije el noticiero de la Televisión Cubana, ni los perennes límites que, en mi archipiélago, han enturbiado el acto de vivir… Por un instante, en el reino de este mundo, no existían parlamentos ni constituciones: no existía nada más que un niño limpiabotas con sus ojitos derrotados.

Le regalé mi primera moneda de un quetzal. Y me quedé llorando, nuevo tonto en la colina, mientras el mundo giraba en derredor, indiferente. Lo vi tragado por la noche negra, rumbo a quién sabe qué peligro que lo esperaba más allá.

En ese sitio de donde saltan las lágrimas más puras, dos voces se cruzaban al fondo de mi noche: la del chiquillo que suplicaba: «Caballero, ¿no quiere que le lustre?», y otra voz angustiada que, atravesando mares, le gritaba a mi hijo: «¡Felicidades, Ismael…!».

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