La tragedia ¿abstracta?

Autor:

Juan Morales Agüero

Desde que en 1959 el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) exhibió por primera vez su siniestra catadura —el afectado fue un miembro de la etnia bantú en Leopoldville, capital del antiguo Congo Belga—, más de 30 millones de personas han muerto por su causa en todas las regiones del planeta.

Transformista sagaz y astuto congénito, el flagelo ataca y oculta su ponzoña con insólita rapidez. La ciencia lo tiene en el punto rojo de su colimador y los laboratorios le siguen el rastro con persistencia policial. Ninguno, empero, ha logrado todavía ponerle las esposas y confinarlo —irreversiblemente sometido— en un tubo de ensayo.

De acuerdo con lo que expresa en un artículo la revista científica norteamericana Nature, la diversificación del VIH/sida durante las décadas recientes emite un mensaje poco alentador. En los tiempos por venir su facilidad para transformarse podría hacerse aún mayor, conjetura en su página de Internet la prestigiosa publicación.

De ahí la conveniencia de mantener un control inflexible sobre la evolución de la pandemia, y la necesidad de acatar de manera cabal las normas de prevención asociadas a ella. Porque, a juzgar por los informes de los organismos técnicos y a pesar de las esperanzadoras reducciones de sus secuelas, «el mal no parece tener entre sus expectativas inmediatas aflojar la cuerda con que atenaza a la sociedad».

Lamentablemente, no son pocos los que, con muy poca percepción de riesgo, consideran al VIH/sida como algo abstracto. En situaciones de dudas, basta con subestimarlo un instante para que descargue contra el incauto su temible virulencia. Y no distingue por preferencias u orientaciones sexuales. La realidad refleja crudamente que quien no se proteja entre las sábanas está jugando a la ruleta rusa. Hoy se infecta una persona por esa u otras razones cada 13 segundos.

Los niños no están al margen del drama. Según ONUSIDA, un Programa de Naciones Unidas, de los más de 30 millones de muertos en el mundo por el VIH/sida desde su debut, cinco millones estaban en edad infantil. Y, al culminar el 2010, de los más de 34 millones de portadores reportados, 2,1 son menores de 15 años. En ese año hubo 2,7 millones de nuevos contagios, incluidos en la cifra unos 390 000 infantes.

Las mujeres tambien suelen ser afectadas, principalmente las adolescentes. El 64 por ciento de los que viven hoy con el VIH-sida son muchachas de entre 15 y 24 años de edad. El índice, incluso, es superior en África subsahariana, donde las niñas y las jóvenes infectadas alcanzan el 71 por ciento. Allí ni siquiera conocen medidas de prevención.

No hablaré de la pobreza y del caldo de cultivo que representa para que la epidemia se realice a sus anchas, solo alertar, prevenir a quienes descuidan el sentido común por regalarse un rato de placer huérfano de garantías. En esta materia ninguna precaución es exagerada. Un paso en falso y… ¡zaz!, a vivir en la tragedia.

ONUSIDA tiene un lema para el próximo lustro: «Cero nuevas infecciones, cero discriminación y cero muertes por sida». Se necesita voluntad para consumarlo. Aunque los nuevos contagios descendieron en más de un 20 por ciento desde 1997, no se puede bajar la guardia. Porque, como expresó una vez Peter Piot, ilustre ex director ejecutivo de ONUSIDA, «la enfermedad estará con nosotros probablemente durante mucho tiempo, pero el alcance de su propagación está enteramente en nuestras manos». Así que, a buen entendedor…

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.