Películas y complicidades

Autor:

Lourdes M. Benítez Cereijo

Las personas se aventuran a una travesía cinematográfica. Disfrutar una película en el cine es un viaje que nunca se emprende solo porque se torna una experiencia de emociones, sentimientos, e incluso, de significados compartidos.

En muchas ocasiones la expedición virtual se inicia conociendo la sinopsis de lo que se verá, pero otras tantas, se hace sin la menor idea de lo que será presenciado. No obstante, especialmente en tiempos de Festival, la sorpresa mantiene siempre elevados niveles de expectación.

La mayoría de los comunes mortales cinéfilos, después de reponerse de los avatares propios de las largas colas, se apresuran a buscar los asientos con mejor ubicación, para cómodamente disponerse a dejarse llevar por una historia narrada en la gran pantalla.

Y entonces se apagan las luces. La sala adquiere tonalidades luminosas que susurran al oído del espectador secretos de complicidad. A media luz, todos los rostros lucen diferentes, y las intenciones también.

En una enorme sala en penumbras, colmada de personas, se corre el riesgo de que se siente a su lado el típico «cazador» o «cazadora» —porque, aunque más solapadas, también las hay—, quienes irremediablemente tratan de contar sus experiencias personales asociándolas a las de los protagonistas del filme para, al final, «casualmente» indagar acerca de la existencia de una posible pareja sentimental.

De la misma forma que en los juegos de pelota están los llamados «árbitros de grada», en los cines también usted puede intercambiar alguna que otra valoración con los «críticos de butaca», aquellos que saben del guión, fotografía, edición, dirección de arte, actuación..., y cuyos criterios exhiben la mayoría de las veces una postura negativa.

Asimismo, puede ser posible que le toque compartir con el «dormilón», cuya cabeza casi siempre aterriza sobre el hombro inocente de la persona que tiene a su lado; con el «teleavances» —en este caso sería más adecuado llamarlo «cinemavances»— el cual, como su nombre lo indica, ya conoce lo que va a suceder y lo narra para todos con antelación; y claro, también en no pocas ocasiones, se te arrima aquel que no trae consigo la mejor de las intenciones.

Sin embargo, si tiene la suerte de estar bien posicionado, podrá advertir a quienes, usualmente en pareja, se van a sentar a la parte más alta de la sala o a esos rinconcitos donde la visibilidad es casi nula.

Así comienzan las películas: unas en la vida real y otra en la gran pantalla. El espectador percibe la maravilla de sumergirse en los conflictos de los protagonistas y, casi sin quererlo, en la trama de los «amantes del cine».

Por eso es tan cierto eso de que no es lo mismo cuando se ve una «peli» en casa. La relación de compartir alcanza dimensiones insospechadas. Bien lo saben los observadores y los observados: las caricias no se perciben igual, es mayor la sensibilidad; los besos no se dan como establece la costumbre, saben diferente y la gente no experimenta lo llano de la vida, se siente mejor. Todo se magnifica.

El cine deviene espacio de socialización por excelencia. De la sala oscura usted puede marcharse con la satisfacción de ganar nuevos conocimientos, nuevas amistades —o enemistades—, de disfrutar de una placentera siesta, e incluso, de haber dado los primeros pasos en el camino hacia un nuevo o fortalecido amor.

Termina la proyección. Nuevamente se encienden las luces, y con ellas, nuevos deseos. Una vez afuera, siempre aguardan otras personas que, en busca de recomendaciones, desean saber si vale la pena aventurarse a ver la cinta: «¿Cómo está el filme?». Y la respuesta del dormilón, del tipo de los avances, del malicioso, y en especial de los pícaros amantes, será siempre la misma: «Muy buena, ¡esa película estaba muy buena!».

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