28 °C A pesar de su inveterada obsesión por aprender, mi tío Cheto no pudo conquistar en su juventud lo que a todas luces le hubiera gustado una enormidad: asistir regularmente a la escuela y hasta estudiar una carrera universitaria. No lo consiguió por un obstáculo insuperable: nació y se crió en tiempos en que acceder a un aula era un sueño y encorvarse sobre el surco un espectro en la vida de un guajiro.
Ahhh, pero, ¡cuánto admiré a aquel hombre bueno y dadivoso! Era yo un chiquillo todavía cuando descubrí en su manera de proceder las razones de su bruñida educación extradocente. En efecto, desfilaba frente a mi casa un cortejo fúnebre cuando, de pronto, vi a tío Cheto quitarse el sombrero. «¿Y por qué?», le preguntó mi candor infantil. Y me respondió, comprensivo: «Es por respeto al difunto, mi´jo».
Los años me proporcionaron la oportunidad de justipreciarlo en otras situaciones no menos reconocibles. Como ponerse de pie cuando llegaba alguien a su hogar, aunque se tratara de amigos íntimos. O cederles el paso a quienes coincidieran con él en el momento de franquear una puerta. O darle los buenos días a cuanta persona se cruzara con él en el camino. Sí, mi tío Cheto fue siempre un hombre muy especial.
Este preámbulo familiar —suerte de oda afectiva a la memoria de mi extinto deudo— pretende insistir en un refrán devenido obviedad: el hábito no hace al monje. Significa que no es imprescindible transitar a priori por un recinto escolar para ser consecuente con las normas más elementales de la educación formal. En ocasiones hasta ocurre a la inversa: ¡ya quisieran algunos másteres y doctores comportarse en privado o en público como muchos iletrados posmodernos!
Las confirmaciones abundan. Profesionales que no se toman la molestia de saludar a sus vecinos. Individuos con reconocimiento social que no dan las gracias cuando alguien les dice la hora. ¡Cuánta diferencia con el campesino que invita al caminante a tomar un buchito de café dentro de su vivienda! ¡Qué distinta la anciana que le retribuye al adolescente el magnánimo gesto de ayudarla a cruzar la calle!
En los primeros casos, se trata de individuos con sólida formación especializada, capaces de resolver en unos pocos minutos complejas ecuaciones matemáticas, pero —¡ay!— torpes para sacar la simple cuenta de que el respeto a sus semejantes clasifica como un preciado valor en la aritmética de la vida; en los segundos, de personas quizá carentes de aval académico, pero graduadas con felicitaciones y títulos de oro en la universidad del comportamiento ciudadano.
Hoy, a nivel institucional, existe justificada preocupación por la manera en que no pocos cubanos se conducen en determinados contextos grupales. Así, cuando asisten a actos socio-políticos en teatros o instalaciones afines, no se ponen de pie al hacer su entrada la presidencia. O conversan entre sí y en alta voz mientras los oradores hacen uso de la palabra. O escriben y se pasan unos a otros papelitos escritos con chistes y chismes sin que la vergüenza los sonroje...
El problema no es exclusivo de estos tiempos. Fidel, refiriéndose a sectores juveniles, lo abordó en fecha tan lejana como el 3 de abril de 1976, en el acto por el XV aniversario de la Unión de Pioneros de Cuba y el XIV de la UJC. Dijo entonces: «Hay estudiantes que no son capaces de ponerse de pie si el rector o el director pasan; que tratan al profesor como al vecino que ven todos los días; que no tienen idea de cómo hay que hablarles a los adultos, a los padres...».
Al abundar sobre la definición y el alcance de la educación formal, añadió: «va desde el hábito de vestirse, el hábito de comer, el hábito de sentarse, el hábito de ponerse de pie cuando corresponde ponerse de pie, porque esos son sentimientos de respeto que el socialismo no debe abolir jamás, y que no entrañan ninguna jerarquía social, sino un modo de convivir, un modo de tratar y respetar a los demás, un modo de ser solidarios con los demás». Para cumplir con la dialéctica y con sus expectativas de perfeccionamiento constante, nuestro proyecto social precisa de gente bien preparada en los más variados campos del saber. Y es legítima esa aspiración, porque solo el conocimiento y la sabiduría pueden abrirle de par en par a la humanidad las compuertas del futuro.
Pero precisa que, además de competentes en lo profesional, en lo espiritual sean parecidos a mi tío Cheto, aquel campesino humilde que hizo de su congénita educación formal una manera de vivir: sensibles, amables, educadas, naturales, altruistas y, sobre todo, capaces de tener en cuenta a sus semejantes en sus patrones de conducta.
Mi estimado Juan, Instrucción no es sinónimo de educación. Esto ya lo he comentando aquí en JR en otras ocasiones, aun cuando no tuve el mismo origen de su tío Cheto, mi familia me enseñó y muy bien, lo que significan los buenos modales y el respeto por los demás. Esto no significa que cuando me pisan un callo, no sepa responder a la altura del pisotón. Educación, y que me disculpen los entendidos, no se aprende en la escuela, se aprende desde la cuna en el seno de la familia. Ahora bien, si la familia no es educada, poco podremos esperar, aunque como en toda regla, siempre tendremos excepciones. Ser instruido no implica necesariamente ser educado, ser económicamente opulento también no. Nada substituye a la familia y lo que los padres y abuelos puedan enseñar. Ya lo dijo ese cubano de altos quilates, José de la Luz y Caballero: instruir puede cualquiera, educar, solo quien sea un evangelio vivo.
Desde que las palabras Señor.Señora,Señorita, Dama,Caballero,desaparecieron del vocabulario cubano,sin ninguna razon con logica,comenzaron a desaparecer los Cheto como su tio.Muy instructivo y real su articulo,Amigo Morales.Solo me resta decir una frase bien conocida:"Aquellos polvos trajeron estos lodos".Saludos:Modesto Reyes Canto.
Cuanto hemos perdido y que trabajo nos va a costar recuperar, los que hoy peinamos canas(otros ya ni eso), conocemos como era la EDUCACION(asi con mayuscula) en nuestros tiempos, no solo era ponerse de pie ante un visitante, o una dama, nos educaron de niños que cuando los mayores conversan los niños no dan opiniones, ni siquiera pueden escuchar lo que hablan, que no debemos pasar sin pedir permiso por entre personas que hablan, que no debemos interrumpir a la persona que hace uso de la palabra, son tantas y tantas cosas que se inculcaban a los niños desde muy pequeños que hacian la vida tan agaradable. Como es posible entonces que hoy un profesional no sepa como utilizar los cubiertos en la mesa y lo veamos comiendo arroz con una cuchara y usando el tenedor como si fuera un empujador, que hablamos con la boca llena, es una lista interminable, pero que pienso debe compilarse y darse como una asignatura mas en nuestro sistema nacional de educacion, con examenes y todo, porque lo peor es que hay una tradicion oral, pero hasta ahora nadie lo ha escrito, muchos malos ejemplos que ahora tenemos tambien se deben a desconocimiento, nadie puede saber lo que no se le ha enseñado.
Coincido con Alfredo, podemos ser un pueblo muy instruido, pero nos falta mucho de educación . Mi padre no pasó de sexto grado, y era incapaz de estar delante de una mujer sin camisa, o fumando, y !Ay del que dijera una palabrota delante de mi mama o alguna de sus hijas! Si resucita ahora y ve algunas de las escenas que se ven a diario en la calle se vuelve a morir, el pobre!!! Maestras diciendo malas palabras delante de sus alumnos, vestidas de un modo que da pena, los maestros que siempre fueron el espejo de la sociedad, y eso por poner solo un ejemplo, hay miles.....
Amigos del foro: Me han hecho recordarme de mi abuelita que siempre luchaba con nosotros por educarnos bien, por enseñarnos habitos de conducta, pienso que soy como soy, pudieramos decir una vieja en estos tiempos gracias a ella, y digo una vieja porque asi me ven los que no conocen de normas y habitos de conducta, trabajo en un lugar muy visitado por cubanos y extranjeros, y da pena ver como todos los que entran y salen del ascensor, muchisimas veces no te dan los buenos dias, no te dan las gracias por haberles dado una informacion, es asi todos los dias, pero no me canso de decir yo los "buenos dias" aunque me vean como un bicho raro, no me importa, lo bueno tiene que prevalecer, la juventud tiene que ser educada dia a dia. Gracias por este articulo, esta muy interesante, me hubiera gustado conocer a su tio Cheto, para que se me hubiera pegado de él más de lo bueno, saludos
Estimado Juan, muy buen escrito, sugerente para todo aquel que se crea más importante que él mismo. No existe nada más importante en la vida que la propia vida, es una sola y la arrogancia no es paralela con ella. La arrogancia y la creencia de la superioridad de determinadas personas es un mal que se va generalizando en nuestro país en todas las esferas y lo más lindo es ser una mismo y ser afables y comunicativos con nuestros semejantes.