De Roberto al Vaquerito - Opinión

De Roberto al Vaquerito

Autor:

Larry Morales

Casi todos los poetas moronenses han dedicado en alguna que otra ocasión sus versos a la legendaria figura de un hombre que, de la noche a la mañana, se convirtió en héroe. Uno de esos poetas, el desaparecido decimista Evenelio Rodríguez, escribió una pequeña cuarteta que resume la estirpe histórica de este mártir que no es otro que El Vaquerito:

Algunas veces te vi / en este parque sentado

como esperando un recado /de los labios de Martí.

Y el recado llegó a sus oídos como un susurro esperanzador: ya era hora de cambiar el curso de la historia, y entonces Roberto Rodríguez, el niño campesino de Los Hondones, el adolescente de las calles de Morón, fiel al recado de Martí, se fue para las montañas y se convirtió en El Vaquerito, capitán del valor —como diría otro poeta moronense— y jefe del pelotón suicida del Che. Así surgió para la posteridad el héroe insigne de este pueblo.

Desde una azotea situada frente a la Estación de Policía de Santa Clara se nos hizo eterno, imprescindible. Aquella bala que hace 53 años atravesó su cabeza, durante la batalla por liberar la ciudad, lo inundó de vida e hizo que de su pecho nacieran cien hombres.

Roberto Rodríguez, El Vaquerito, no habría sido un mártir de la Revolución si no hubiera asumido con pasión el tiempo en el cual transcurrió su breve existencia. Influyeron determinantemente los años de lucha contra el dictador Batista, los años en que ya había nacido la Generación del Centenario, los años precisos en que cada sueño se iba en busca de su leyenda.

También el entorno fue importante, es decir, una montaña con una ladera verde y suave, donde nacer y aprender a amar a los patriotas de antaño, que fue Los Hondones; una ciudad donde aprender a buscarse la vida haciendo malabares contra la miseria, que fue Morón; otra montaña alta y escarpada, con un pico que es una leyenda entre las nubes, donde pudiera nacer un héroe, que fue la Sierra Maestra; y otra ciudad donde morir como el más valiente de los guerrilleros e ir a habitar el infinito, que fue Santa Clara.

Roberto Rodríguez no habría sido un mártir de la Revolución si no hubiera existido un Fidel, cual timonel de una nave de ensueños que viaja a través de los vericuetos de la dignidad; si no hubiera existido un Primero de Enero, la fecha más gloriosa de Cuba y de la historia universal. Esa fecha no solo significó el inicio de un nuevo año para los cubanos, sino de una nueva era para la humanidad: América Latina ya lo está demostrando.

Si el Vaquerito no hubiera muerto la víspera del triunfo, habría muerto en el Congo, Vietnam, Angola o en Bolivia… Y si la muerte lo hubiera respetado hasta las últimas consecuencias, ahora estaría celebrando este nuevo aniversario del triunfo de la Revolución rodeado de nietos que le estarían diciendo: «Abuelo, cuéntenos sus leyendas…».

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