Buena fecha - Opinión

Buena fecha

Autor:

Juan Morales Agüero

La idea de recurrir a la imagen de un recién nacido como metáfora para un nuevo año tuvo por cuna a la Grecia clásica. En temporadas festivas, por aquellos lares solían pasear a un bebé dentro de una gran cesta de mimbre. Era una alegoría a Dionisos, dios del vino y de las juergas, referente anual devenido ícono de la fertilidad.

En Egipto celebraban pompas similares a la helénica. Lo ratifica un antiquísimo sarcófago que se exhibe en las vitrinas del Museo Británico, en Londres. Tiene repujadas en su cubierta dos figuras humanas: un anciano barbudo y decrépito y un niño que se asoma al mundo. Alude, obviamente, al año en retirada y al que debuta.

Pero, si por haber hecho mutis, el extinto calendario ya no tiene nada que ofrecer, la etapa que enseña por vez primera su perfil deviene paraíso para las expectativas. Ocurre como cuando está por instalarse en el planeta un nuevo inquilino. Deudos y amigos se preguntan: «¿A quién se irá a parecer? ¿Continuará la tradición familiar? ¿Será brillante o común?». Sí, ante lo desconocido, los humanos tenemos por usanza activar los signos de interrogación.

Así acontece con el año que hoy comienza a «gatear» sobre las novísimas páginas del almanaque. Bloque de arrancada hacia metas inéditas, nuestras urgencias lo obligarán a convertirse en un niño precoz. Se infiere por los colosales y múltiples retos que deberá afrontar a la vuelta de cada jornada. ¿Cómo será su accionar? ¿Qué nos deparará? ¿Cuán simpático se presentará? Bueno…

Hay una verdad irrebatible: los cubanos sondeamos al porvenir sin arrugar el entrecejo. ¡Nada nos intimida! Ni siquiera las acechanzas del vecino poderoso. Para augurarlo no recurrimos a la bola de cristal de un pitoniso con turbante. Si somos los protagonistas del presente, ¿quién mejor que nosotros para predecir el futuro? En circunstancias así, la humanidad progresista activa los signos de admiración.

Eso no niega que el ciudadano común viva y sueñe con un manojo de aspiraciones para su día a día. A Inés, por ejemplo, le encantaría que los precios del Mercado Agropecuario bajaran un poquito. Y Raymundo aplaudiría lleno de entusiasmo que mejorara el servicio de transporte público en los horarios pico. Clamamos porque no aparezcan ciclones ni sequías. El bloqueo del imperio tendrá que ceder. La tozudez tiene también sus límites. Solo pedimos que este año —y para siempre— nos deje en paz para demostrar de cuánto somos capaces.

Lo que nadie debe dudar es que el año que acaba de tomar la salida será otra etapa de definiciones. No habrá cambios espectaculares en la economía doméstica. La cotidianidad continuará siendo un reto para el cubano de ley, conocedor de que solo tendrá lo que sea capaz de conseguir con el esfuerzo individual y colectivo. Un desafío al que se le entrará de frente, con la convicción de conseguir la victoria.

En lo personal, es esta una magnífica ocasión para intentar mutaciones cualitativas en la vida, el hogar, el trabajo... Aunque cualquier fecha es buena para el cambio, esta se pinta sola para reunir fuerzas, voluntad e ilusión. Y decirse uno mismo: «Desde este primer día de enero todo será diferente». Y celebrar los pequeños detalles de la cotidianidad como un testimonio de cuánto valemos como personas. Basta con que seamos auténticos con nosotros mismos.

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