En la hora de la copa tibia

Autor:

Alina Perera Robbio

Secuencias relampagueantes, historias como sorbos de agua cristalina son estas de las cuales fui testigo azarosa y maravillada. Al contarlas, tal vez amplifique lo hermoso, estampas que brillan por encima de lo contrahecho, feo y malintencionado que inevitablemente acecha.

Al primer episodio lo titulo «Halago». Sucedió en una tienda del archipiélago. Había allí un orden no visto tiempo atrás. Frente a los anaqueles dos muchachas acomodaban todo. La alineación dejaba ver un esmero inusual. Alguien se aventuró en el elogio; pero las halagadas reaccionaron como quien tiene ante sí a un descolocado.

El caballero recurvó para decirles que así como es importante la crítica en toda circunstancia precisa, debemos alistarnos para la caricia del espíritu, para ser destinatarios del elogio, ese que, si es justo, sirve para abrir brechas en medio de lo errático, pues hay mucha riqueza en aplaudir lo que hagamos bien, justo porque sabemos cuánto nos cuesta hacerlo.

«La puja» puede ser el título del segundo episodio: en una céntrica esquina de la capital esta cronista fue a la caza de unos chocolates muy familiares y relativamente baratos. Un mulato fuerte, de más de 50 años, parecía haberse llevado los últimos. El hombre hacía pensar en un mambí. Pregunté si se habían acabado los chocolates, y él y la dependienta sofocaron la angustia con un «no» suave.

El señor, afilado como el machete de una carga cubana, fue lejos: «si se acabaron le doy de los míos…», dijo. Y yo que no, que ni en broma, y él que sí. Así fue durante instantes, hasta que se alejó lleno de jabas, de pensamientos cotidianos… y de su afán desprendido. Sentí vergüenza de mi desespero. Recordé entonces, como reza cierta filosofía asiática, que debemos ser desprendidos como hace el glaciar cuando se está descongelando; que estamos urgidos de un desprendimiento que vertiginosamente nos contagie.

La tercera historia podría llamarse «Ilusión», para resumir en ella la suerte de un edificio que estaba deshabitado y sucio y que ahora, después de largo tiempo, recibe los últimos toques para acoger a decenas de familias. La cuarta saga merecería llamarse «El sí y el no», pues entraña el contraste de dos actitudes: la de un enfermero de manos prodigiosas, que inyectó a una niña sin que esta se enterara del dolor, y la de uno torpe, que puso la aguja en mal lugar, y que antes de hacerlo se «cuadró» de mente pues «esto hay que ponerlo en el policlínico, no en el hospital, así está establecido». Moraleja: el talento y el buen corazón, alimentos de un pensamiento profundo y abierto que apuesta al sí, suelen tener salvadora complicidad.

Estas breves y reales historias hablan de nuestros mundos interiores, allí donde habitan otras cualidades cardinales —suplicantes de ser rescatadas tal doncellas cautivas en oscuras torres del olvido— como la piedad, el pudor, la elegancia, el rigor, la coherencia en la bondad, el respeto, o la humildad. Es en eso «intangible» donde, a punto de estrenar otro año, atisbo las claves para abrirnos las puertas, para saltar de nosotros hacia nosotros mejorados.

Escarbemos país adentro, alma adentro: la sinergia, la inspiración para todo cambio están ahí. Tal vez haya algo, mas no mucho, en un escenario que nos trasciende, en ese planeta nuestro donde la hipocresía y el cinismo son la moneda de cambio; mundo tan afligido y desordenado, plagado de hambrunas, de catástrofes naturales, de un terror imperial que en este 2011 nos llevó a seguir presenciando la destrucción de pueblos enteros y hasta nos puso de bruces ante el linchamiento del presidente de un país.

El plus está donde nosotros: en crear; en amar lo amable; en perdonar (lo perdonable), que significa vencer; en darnos las manos como hemos hecho de niños o de adultos cuando, divirtiéndonos entrados en el mar, hemos deseado hacer una sillita humana desde la cual catapultar a un ser querido. Todo, absolutamente todo, tendrá que pasar por lo afectivo y lo sentimental, hasta lo más meditado y rectilíneo.

Lo dijo un racionalista como Descartes: el mal y el bien de este mundo dependen de los sentimientos. Y así lo creo: la Obra tendrá que apuntar al corazón del otro, de lo contrario nada tendrá sentido ni fuerzas.

Habiendo sobrevivido a un 2011 que volvió a poner a prueba nuestra fibra, y que en resistir nos mantuvo tensos mas no inmóviles, alzo una copa llena de esperanzas y certezas, una copa tibia siempre en pos de la vida, pidiendo, como ha dicho el insondable Silvio, que el dolor que los ángeles no curen no pueda volver; y recordando en esta hora de los abrazos y los besos una idea predilecta, de unos de mis predilectos amigos, el argentino Julio Cortázar: «No hay discurso del método, hermano, todos los mapas mienten salvo el del corazón». Salud…

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