Puentes y lazos

Autor:

Hugo Rius

Regreso del estado venezolano de Falcón, adonde me llevaron afanes de colaboración docente, y de donde siempre salgo dejando atrás una estela de amistosa hospitalidad, de aprendizajes mutuos, en ese dar y recibir recíprocos con que se han ido forjando y robusteciendo los vínculos entre dos países. Y que por cierto, se enraízan en historias de comunes cercanías desde hace prácticamente dos siglos.

En Coro, la amable ciudad cabecera, de callejuelas entretejidas, que a ratos transporta hacia nuestra Sancti Spíritus con su peculiar estampa, se tiene como motivo de orgullo el paso por allí de Marcos Maceo, específicamente oriundo de Acurigua, un caserío situado en un hermoso valle entre montañas, algo distante de esa urbe.

Al fallecido y prolijo escritor coriano Eudes Navas Soto se debe un acucioso rastreo investigativo de quien fuera el sólido roble de los Maceo cubanos, de sus orígenes, sus causas y azares durante las turbulentas décadas de la fundación de la República de Venezuela, la restauración del dominio español, y a la postre su derrota infligida por el bravo pueblo y la genialidad político-militar, junto a una tenacidad a prueba de tantos infortunios, de Simón Bolívar.

El autor de Marcos Maceo, fragua y crisol de un destino, una biografía novelada de 172 páginas, dejó tendido un puente referencial más acerca de los lazos que nos han estado vinculando a cubanos y venezolanos, de sangre y parentesco, de empeños trascendentes, ya sea durante las guerras emancipadoras del siglo XIX, después en el apoyo de unos y otros luchadores contra tiranías sangrientas aquí y allá, hasta la solidaridad y la colaboración activas en el presente resurgir bolivariano.

Bolívar mismo nunca quitó de su mente extender los brazos de la libertad al Caribe, con la mirada fija en Cuba y Puerto Rico, y después de la muerte del Libertador, algunos de sus oficiales acariciaron el proyecto de organizar una expedición hacia esos últimos reductos coloniales españoles. Tampoco faltaron venezolanos que se unieron al ejército mambí, en nuestras dos guerras independentistas.

Marcos Maceo, quien en su juventud se había sentido atraído por la tropa llanera del temible asturiano Boves, que tanto estrago causó a los republicanos, terminó —toma de conciencia por medio— pasando toda su experiencia militar a las inexpertas fuerzas cubanas que se lanzaron a la manigua tras el pronunciamiento del 10 de octubre, para caer mortalmente herido, con 74 años, en los primeros combates bajo las órdenes de su hijo Antonio.

Junto a Mariana Grajales, de ascendencia dominicana, guió y forjó en valores a una prole de 15 integrantes, nueve de ellos de esa unión, cuatro de ella —de un anterior matrimonio del que enviudó— y otros dos que el patriota de origen venezolano sumó a la familia. Todos, como un haz, respondieron hasta el sacrificio al llamado glorioso de La Demajagua.

Son tantos y diversos los puentes y los lazos sin fronteras entre nuestros pueblos al sur del río Bravo que la reciente constitución de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y el Caribe, tenía que brotar como un fruto natural, aplazado y entorpecido por el «gigante de siete leguas», desde el fallido proyecto anfictiónico de Bolívar y el alerta legado de Martí en Nuestra América.

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