Capital ético

Autor:

Hugo Rius

En hora buena la Asociación de Economistas y Contadores de Cuba se dispone a proporcionar capacitación a los trabajadores por cuenta propia, en la deseable y propiciadora comprensión por parte de estos de la necesidad de un conjunto de saberes básicos para que la actividad que han emprendido se deslice sobre firmes rieles.

Presumo que ha de ser apenas el comienzo de un proceso de apropiación de herramientas técnicas fundamentales sobre mercado, administración, contabilidad y sistema tributario, según se anuncia, para que el ejercicio de ese sector económico en impulso trascienda el embullo entusiasta, la improvisación y el «deja ver qué pasa», y se encarrile ordenadamente y ajustado a las reglas de oro del comercio y los servicios, tan alteradas y vapuleadas en los días que corren.

No puedo menos que divisar entonces con esperanzas que los organizadores del programa de capacitación —todavía demasiado expedito por cuanto transcurre solo en una semana— hayan incluido la ética, un capital que por sí mismo lo atraviesa todo en la vida, el que atesoramos alguna vez y que, sin embargo, desde hace tiempo, ha experimentado en los más diversos entornos de la sociedad una sensible descapitalización.

Un elemental principio indicaría que el cliente, el comprador, el parroquiano, o el consumidor, como se prefiera llamarle; público al fin, debe ser siempre el principal interés del trabajador por cuenta propia, porque sin colocarlo en el sitio que le corresponde y merece, dudosamente los emprendedores del otro lado llegarán al puerto exitoso que se supone deseen alcanzar. Porque por muy necesitado que se esté de adquirir un artículo o prestación, nadie en su sano juicio vuelve a vérselas con quienes le atraquen con los precios o el pesaje, lo estafen y lo sometan a maltratos.

En estos aprendizajes o reconquistas éticos que por fuerza tendrán que avizorarse, habrá que prepararlos intensamente contra tantas prácticas viciosas en la atención al público en establecimientos comerciales y de servicios en general, y que provocan una sensación de prisioneros de un mercado cautivo en el que, las más de las veces, estamos desprotegidos, somos los que menos contamos en el juego negociador de la compra-venta.

Pocos días atrás, por solo referir una de tantas desagradables experiencias bastante comunes, adquirí una botella de aceite, y al percatarme de que carecía de etiqueta, retorné a la tienda para preguntar la causa, y la respuesta que recibí me resultó bien ilustrativa: «Si le interesa coleccionar la etiqueta, vaya al estante y cámbiela». Es decir, que el sarcasmo reemplazó la disculpa o la explicación, al que debería sentirse obligado un servidor del público.

Cualquier relación interpersonal tiene que estar regida por la ética, suma de valores adquiridos desde los cimientos del hogar, que forma parte decisiva de la espiritualidad, de comportamientos que facilitan la comunicación y la convivencia en todos los planos sociales. Cada profesión y esfera laboral tiene la suya, aunque con frecuencia relegada y olvidada como si no hiciera falta. A todos nos toca rescatar y acrecentar ese invalorable capital. A los trabajadores por cuenta propia, como a los que más, para ascender bien la cuesta emprendida.

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