La profesión de fe que nunca podrá hacer la Moscoso

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Hay gente que no recupera la vergüenza perdida. Y existe quien todavía es capaz de convertir su carencia en una ofensa al pudor de los demás. Aquello de «pena ajena»...

Eso es lo que ha demostrado la ex presidenta panameña Mireya Moscoso con el jolgorio de comparecencia que acaba de sostener, por las ondas de la miamense y anticubana Radio Mambí, con los terroristas Luis Posada Carriles, Gaspar Jiménez Escobedo, Pedro Remón y Santiago Álvarez Magriñat. Porque cualquier hombre o mujer con decencia seguro se habrá estremecido con la noticia, hecha circular mediante un reporte desde Miami y que, realmente, indigna más que sonrojar.

Lo relevante no es solo que se trata de la «confesión de partes» (no hacen falta pruebas) de una mujer que, ufanándose de su triste trayectoria como ex jefa de Estado junto a seres, si es posible, de aún más baja calaña, ratifica su profesión de fe con el terror, su amor al dinero —se sabe que en Miami ha sido muy bien atendida— y, en fin, su servilismo a Estados Unidos.

Además, Mireya Moscoso ha mancillado de nuevo la dignidad de lo mejor del pueblo panameño y puso —¡otra vez!— en entredicho, el cuestionable afán declarado por Washington de «perseguir el terrorismo».

Porque no se trata solo de que la presencia en la emisora de asesinos acerca de cuyas fechorías existen gruesos prontuarios, se convirtiera en jactancia. Ultraja, además, la execrable declaración de Moscoso de que, si tuviera que hacerlo, los indultaría otra vez.

Recordemos que la primera pieza en el caso que nos ocupa fue la abominable y artera conmutación de las penas con que Mireya, a pocos días de dejar la presidencia y valiéndose de la nocturnidad, «perdonó», el 26 de agosto de 2004, a los responsables del intento de atentado con que los arriba mencionados (junto a Guillermo Novo Sampoll) pretendieron asesinar a Fidel y a miles de istmeños, el 17 de noviembre del año 2000, en el Paraninfo de la Universidad de Panamá.

Y claro que la gracia concedida por la entonces mandataria no fue algo que sorprendiera. Manipulación de pruebas, dinero bajo el tapete, falsas enfermedades e intentos de fuga matizaron el proceso judicial abierto en la capital panameña contra los encartados, a quienes se detuvo, únicamente, luego de la oportuna y certera denuncia de Cuba.

El propio hecho de que en el juicio se desconociera no digamos ya el delito de terrorismo sino, incluso, el de intento de asesinato, y se les condenara solo por cargos mínimos como la posesión de identidades falsas, da evidencias de la veleidad con que fueron tratadas las cosas.

Pero, lo que verdaderamente llama la atención es que la presencia de Moscoso y los criminales en el programa ocurriera pocas horas antes de que abogados panameños de ley, querellantes y en representación de organizaciones populares istmeñas en el proceso del 2002, se dispongan a presentar otra vez antes las instancias competentes el pedido de extradición de Posada, que les fue recusado ya hace ocho años.

Esa solicitud sería presentada precisamente hoy, después de que los tribunales correspondientes ratificaran la semana pasada los delitos mínimos por los cuales fueron condenados Posada y sus cómplices en abril de 2004 y, desde luego, tras la declaración de inconstitucionalidad del indulto mal otorgado por la Moscoso.

Aunque un largo y escabroso trayecto se deberá recorrer antes que la solicitud pueda hacerse firme, tal decisión ratifica lo que uno de aquellos abogados, Silvio Guerra, declaró a JR hace algún tiempo: «Con ello va también la dignidad de nuestra Patria», ripostó.

¡Ah! Esa es la única profesión de fe que jamás podrá hacer Mireya Moscoso.

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