Reset - Opinión

Reset

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Como una pandemia, se ha incrustado en cualquier rincón de este mundo la cortante palabrita: reset. Suena a chas chas, destripador de cebollas. Reset significa reinicio en el inglés todopoderoso de las mercancías y los mandatos. Ya en el dulce español decimos —licencia, Cervantes—: «resetear».

Apretar un botón y apenas en segundos la computadora cae en estado de coma para luego volver en sí. Resetea y olvídalo todo, que ya resucitará Windows; aunque con el clic solo quede lo almacenado en esta caja fuerte que es el disco duro, y se borren tus andanzas por el mundo virtual, que bulle bajo la lumínica pantalla.

Resetear con solo apretar un imperceptible botón. ¿Qué nos sugiere para la existencia esa operación socorrida de todos los días, frente a todas las pantallas encendidas de bytes?

Ya don Manuel Vicent se adelantó en juguetear con las sugerencias que puede dejar el tajante término. En una deliciosa viñeta publicada en el periódico El País hace unos meses, bajo el título «Resetear», el gran escritor y periodista español exploró la traslación optimista a la conducta humana de la tan «reseteada» operación digital.

Vicent defiende el sentido de resurrección y terapéutica, cuando afirma que «resetear es hoy una acción casi mística, que cada cual debería aplicar también a su propia vida cuando uno se siente muy mal, pero no sabe qué le pasa». Y la compara con el sueño reparador: «el cerebro se apaga, pone en orden los cables y de ti depende encenderlo cada mañana para ver el Sol en la ventana, como si fuera la pantalla del ordenador de nuevo iluminada».

Como cada quien es libre de arrimar a su sartén las connotaciones, este servidor de carne y hueso —no el de red informática— relaciona el resetear con el amnésico reciclaje de sentimientos y vivencias que aplican muchas personas en un mundo tan volátil.

Es como si los defensores sempiternos del ahora y el aquí, esos que viven solo la oportunidad y no reparan en los caminos que les han traído hasta el presente, resetearan a diario sus inventarios afectivos y racionales y necesitaran soltar los lastres que les comprometan o entronquen con la gratitud o el reconocimiento de razones, orígenes y comprensiones.

Así, oprimen el botón de la amnesia, esos que andan muy apurados en ascender y asaltar los espacios, como los iracundos choferes de autos modernos que necesitan vía expedita todo el tiempo para llegar primero, y no miran a su alrededor. Así, como se resetea la computadora: chas, a lo de uno nuevamente, y si te he visto no me acuerdo, aunque afuera caigan rayos y centellas.

De tanto resetear sus reglas, para readaptarse a cualquier circunstancia, los «camaleones» terminan por no tener devoción alguna que no sea la de la conveniencia. Y va borrando archivos de sus vivencias y nexos hasta que se quedan solos consigo mismos.

Por este camino tan pesimista, voy a contaminar de virus mortales el disco duro de mi corazón. En fin, que prefiero la límpida asociación de Manuel Vicent: sí, una tecla autopropulsada, que te salve y sane, aferrado a lo esencial y lo mejor, para asumir cuanto software nos depare la vida.

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