¿Cómo quedo yo?

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

«Yo no puedo ir. ¡Qué va! ¿A las cinco de la tarde? ¿A quién se le ocurre poner una reunión de padres a esa hora? Y el lunes: el día más complicado para mí».

La misma reacción, repetida casi todos los meses, incomoda y enoja a la niña de apenas diez años, pues ella sabe que el lunes, desde que llegue al aula, la profe le preguntará con insistencia por qué su mamá faltó otra vez.

Hace días la maestra fijó la fecha de la reunión, pero «nadie» se ha preocupado todavía por ir. A su papá no le alcanza el tiempo entre los mandados diarios y su nuevo puesto de trabajo, y a su mamá ya le falta el tiempo para llevar y recoger a su hermanita de la casa de la señora que la cuida, sentarse delante de una computadora casi todo el día y encargarse del «limpieteo», la batea y los calderos.

Por el otro lado, la maestra le machaca las ausencias de su mamá a las reuniones, como si ella fuera la culpable, o como si no deseara acabar con ese sentimiento de incómoda contrariedad que le provoca el que no logren hablarse de frente la familia y la escuela. Entonces, la niña se pregunta: ¿cómo quedo yo?

Si bien este no es un asunto inédito en materia periodística, los caminos para enrumbar posibles soluciones no descansan sobre el fácil bocadillo de decir y repetir que ambas partes deben llevarse bien, y ya. No basta con asumir la postura de uno de los lados para, desde ese frente, emprender la imposición y el interés por que se haga lo que uno quiere.

Ante el llevado y traído tema de las relaciones entre padres y maestros, valdría examinar, influidos por un ánimo conciliador, con qué fuerzas comunes cuentan para desempeñar sus respectivos roles. O lo que es igual, cuales intenciones modelan la actuación de cada uno de ellos en el espacio que les corresponde.

Habría que dilucidar así cómo se imbrica el principio socializador de la escuela, con el que se gesta y se proyecta en casa, donde generalmente los lazos consanguíneos y los afectos compartidos desde la cuna tienden puentes de comunicación más estrechos y duraderos que en una clase.

Desde luego, cuando en el escenario familiar se tensan los nexos y comienzan a operar ciertos descuidos, el aula recibe todo el peso de la inconstancia. En cambio, si las preocupaciones hogareñas demuestran un sistemático andar, concierne entonces a quienes enseñan revisar cada paso, sin ligerezas, más bien con el tacto que debe identificar al que conduce a un colectivo.

Sé que no es liviana tarea la del maestro el despeje de un asunto en el que, de alguna manera, nos involucramos más de uno, sobre todo si no se comprende a esa célula esencial que es la familia en su permanente diálogo con no pocas estructuras de nuestro entramado social, en el que la escuela es un espacio de convergencias imprescindibles para proyectar el futuro del país.

Puede ser un tema ya tratado, pero vale reiterar que el imperativo de entablar o transformar para bien el vínculo del aula y la casa lleva tiempo, meditación en alta voz y, como si fuera poco, hasta un pensamiento acendrado en las inspiraciones que subyacen en el ideal de hombre que se desea construir en la tierra en que uno vive.

Si recurrimos, por ejemplo, a la obra de Martí, de la que todos los cubanos debiéramos beber incesantemente, es estimable cómo las influencias de su humilde familia y el papel de su maestro Mendive incidieron en su sentido ético y en la decisión del adolescente de sumarse a la independencia de su Patria.

Aun cuando el tema ha tenido una importancia sostenida en todos los tiempos, el interés por alcanzar tan complicado maridaje no anda divorciado de los debates que en los últimos años han afianzado un rumbo claro de prácticas en la Cuba contemporánea.

Se trata de una cuestión que merece verse en toda su complejidad dialéctica, sopesando algunos de sus pros y sus contras a mediano y largo plazos, estimando qué me toca a mí y qué le toca al otro, qué se puede hacer entre los dos con visión recíproca, conscientes de que ambas partes no solo se complementan, sino que se necesitan.

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