Cómplice de tantos mundos… y salvación nuestra

Autor:

Alina Perera Robbio

A tijeras limpias el barbero es mago y vórtice de su universo. Lo interesante es que, a pesar de su poder ilimitado, no parece tener tanto entre manos.

Su estampa es la sencillez, pero en verdad es un monarca que todo lo escucha; y hasta de vez en cuando ofrece pies forzados para trabajar en silencio mientras el otro habla.

Un mar de mundos lame al barbero. Sin esfuerzos recibe secretos o filosofías ajenas cuando extiende la magia de sus tijeras precisas. Y a decir verdad no es que él sonsaque ferozmente mientras el pelo del cliente cae al suelo: es que quien entra a una barbería en Cuba llega a sentir gratitud mientras le componen el cabello o los bigotes, de tal modo, que se vuelve de palabra fácil. Y si es alguien que ha tejido con su amigo el barbero cercanía de años, le hablará como quien lo hace a la conciencia.

El buen barbero hace preguntas sutiles, o no; o tercia en diálogos llenos de vivacidad y pasión. Permite que las ideas fluyan entre sus visitantes mientras estudia en fracciones de segundos cómo dar simetría y acomodo a los cabellos de quienes se dan mansos a la destreza que, aseguran, no se aprende en la academia pues viene con quien nació destinado a ser rey en el mundo de los espejos, los sillones, las brochas, las cuchillas, y las salvadoras, respetables tijeras.

Paso a veces por calles muy estrechas y bulliciosas de La Habana; y cuando encuentro —casi habiendo olvidado que allí estaba ese universo— una barbería o una peluquería, se me van los ojos para allí donde el tiempo adquiere un paso lento que extravía, adormece, que nos vuelve lacios y obliga a contar sobre nuestras vidas en una suerte de ensayo al vacío.

Tienen su magia esos lugares donde esperamos por el servicio del otro, y donde nos entregamos con nuestra paciencia, con anhelos e historias personales. Confieso que añoro una ciudad preñada de buenos barberos, de respetables sastres y costureras, de dulceros cuya alquimia sea capaz de embobecernos, de cerrajeros y restauradores, de maestros con sus manos, que sepan hacer muy bien su oficio pues en ello les va la honra… En fin… una ciudad llena de seres dotados para el arte de construir los pequeños y esenciales bienes de la vida.

Convencida de que a ese paisaje vamos —aunque la ruta no será lineal ni fácil—, hago una reverencia al barbero, para así regalar un guiño a todos los oficios que habrán de florecer. Y lo hago amparada en la imaginación y belleza del poeta Eliseo Diego. Según él, en versos inolvidables titulados Barbero, este personaje es quien más cuenta y sabe tender puentes con la palabra:

Habla, sentencia, juzga, opina,
Dice qué es y qué no es.
Las tijeras, frenéticas, aplauden
Más y más cada vez.

Vuela el cabello con las briznas
Del tiempo roto en el reloj.
Perdura el coro: las tijeras
Entre el espejo —eternas— y su voz.

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