Bendito deporte

Autor:

Raiko Martín

Miranda de Ebro es una norteña localidad española de solo 40 000 habitantes y, como muchas de sus semejantes, duramente golpeada por la actual crisis económica. Sin embargo, sus ciudadanos pueden presumir por estos días de una inédita felicidad colectiva.

La euforia les puede durar una semana, un mes, o por el resto de sus vidas. Todo está en la forma en que sus pobladores sepan administrar la gloria alcanzada el pasado martes, cuando un puñado de obreros, mecánicos y oficinistas agrupados en un equipo de fútbol fabricaron una verdadera proeza.

Ese día el Mirandés, club que juega en el tercer escalón del fútbol español, hizo historia cuando todos los «escribanos» del planeta afilaban sus plumas para el enésimo clásico Real Madrid-Barcelona. La concretó in extremis con un gol en el último suspiro, pero con el orgullo de haberse superado a sí mismo en un acto de fe descomunal que fundió en un solo molde a jugadores, técnicos y directivos con su pueblo.

Y así, en una cancha que apenas supera las 5 000 localidades, se apresta a recibir a cualquiera de los «grandes» que sobrepasan abrumadoramente su modesto presupuesto. Pudo ahora —la crisis hubiese servido como coartada— buscarse una mejor recaudación jugando por primera vez la semifinal de la Copa del Rey en un estadio más grande, pero eso significaría una alta traición. Según sus dirigentes, nada —y ese nada raramente incluye el dinero— les llevaría a darle la espalda a una esperanzada afición en estado de éxtasis, y que sin miramientos los alienta cada domingo frente al rival que sea.

A miles de kilómetros de esas frías tierras españolas está Matanzas, una provincia cubana que acunó a hombres de la talla de Wilfredo Sánchez, Félix Isasi, José Estrada o Jorge Luis Valdés, por solo citar a algunos de los tantos que hicieron de este terruño un referente del béisbol nacional.

Pero desde hace algún tiempo a los yumurinos se les deshilachó «la pelota». Poco a poco, y por los más variopintos motivos, su equipo fue a dar a la retaguardia del béisbol cubano. Entonces sus habitantes se acostumbraron tanto a perder, que terminaron perdiendo hasta la ilusión.

Con seguridad, pocos pueden establecer con exactitud cuándo sucedió ese principio del fin. Mas ahora son miles los que pueden marcar el comienzo de la resurrección. Todo arrancó con la idea de darle las riendas del equipo al inquieto Víctor Mesa, quien, con sus poco ortodoxos, pero efectivos métodos de dirección, hoy «exprime» Cocodrilos como antes hizo con sus amadas Naranjas.

Se puede estar de acuerdo o no con la forma, pero hasta el momento el contenido impresiona. Sobre todas las cosas, Víctor ha tenido el gran mérito de sintonizar a todos en un objetivo común, de ser consecuente con su manera de vivir este juego y de inculcarles a sus jóvenes pupilos la filosofía del esfuerzo como única vía para triunfar. Y ya, de paso, los hizo confiar en sus posibilidades.

A partir de ahí regresó la alegría. El deteriorado estadio Victoria de Girón recuperó su mejor cara, y volvió a llenarse como cuando aquellos Henequeneros de inicios de los 90 ganaron el campeonato. Ya en Varadero no solo se habla de turismo, y en Jagüey Grande los sueños van más allá de recuperar el esplendor de las plantaciones citrícolas.

Solo por eso, hoy la gente de Matanzas es tan o más feliz que quienes pueblan la lejana Miranda de Ebro. En eso nada tiene que ver el clima, la cultura o la economía, y sí esa poderosa capacidad que tiene el deporte para, entre otros tantos valores, aportar a la espiritualidad y edificar la autoestima tanto de quienes lo practican, como de aquellos que lo disfrutan.

Por más que lo piense, no se me ocurren muchas cosas más importantes.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.