28 °C ¿Cuántas veces le han dicho que usted no es la persona que dice ser? Lo que pudiera parecer una historia de ficción lamentablemente se repite con frecuencia a la hora de tramitar algún que otro documento legal que, a la postre, ni siquiera identifica y le «obsequia» gastos extras de tiempo y recursos.
Lo cierto es que si no tienes identificación, la sociedad te sanciona y al mismo tiempo quedas inhabilitado para realizar cualquier trámite.
Pero el «olvido» de quienes tienen el deber de preservar tu identidad deja otro saldo: como ya no eres quien hasta ese momento pensabas, el castigo puede doblarse. Así le sucedió al amigo José Osmar Yero, quien hasta el momento no ha podido recuperar su título de Máster por una «maldita ese (s)» —como él llama al problema. Lo lindo es que cuando matriculas te piden el Carné de Identidad para tomar tus datos, se queja él con razón.
Y su enojo es comprensible, pues ¿cómo reaccionaría usted si después de una larga cola para solicitar un servicio —llámese crédito, subsidio, certificación de divorcio, inscripción de nacimiento, etc.— le dicen que no procede porque existe un error en la documentación?
Además del «acaloramiento», quizá deba soportar que le digan, con la mayor tranquilidad del mundo, que «debe regresar y traer otras dos fotos, tantos sellos de cinco, diez o veinte pesos —según la diligencia— o la carta aval…» y esperar, nuevamente, equis días para recoger el documento como si usted fuera el responsable.
En el caso de títulos que acreditan ciertos conocimientos, la solución parece sencilla: la institución que emite el documento ha de corregir el error, y eso lo lleva a uno a suponer que lo enmendará de manera inmediata. Pero no siempre es así, como confirman numerosos casos que han recalado en la sección Acuse de Recibo.
¿Y qué me dice usted si de pronto descubre que no es hijo de su mamá? Niurka Morales, una conocida, hace tres años que intenta legalizarse como hija de Francisca Mercedes, pero alguien en algún proceso suprimió el primer nombre de su progenitora y ahora no es legalmente su hija.
Sin embargo, la falta de rigor y concentración no llegarían tan lejos si se colocaran ciertas barreras en la ruta crítica de los posibles errores. Por lo general, quienes brindan estos servicios precisan no solo de un trato amable y cortés, sino también de equilibrio, aplicación y una buena ortografía, requisitos que se cincelan en etapas previas. Además de seleccionar y capacitar adecuadamente a ese personal, se requiere una sistemática supervisión de su labor por trabajadores más entrenados y otras iniciativas que redunden en un clima de exigencia y extraordinario respeto por el cliente.
No sería descabellado, además, que empeñáramos un poco de nuestro tiempo en revisar y aceptar un documento, algo que podría contribuir a detectar más rápido cualquier desliz e iniciar antes la reparación de lo que no debió hacerse mal, evitándonos sufrir por tanto tiempo las consecuencias y quedar a merced de que la falta pueda reiterarse. Si solo enfocamos la preocupación en ser severos con los otros, mas no con nosotros mismos, dejaremos un portón abierto a terminar con nuestra identidad escamoteada.
El Economista, periódico mexicano on line, anunció el 23 de agosto de 2011 la subida de un seis por ciento del precio del papel en el mundo. ¿Cuál sería la reacción de ellos —quienes se equivocan— si un buen día tienen que encarar el costo del papel, la tinta, el timbre y el tiempo de los clientes? Estoy seguro de que también los errores disminuirían y usted, ellos, yo… quedaríamos satisfechos del servicio y listos para optimizar el tiempo en los trámites.
Roberto, muy acertada y útil su reflexión. A muchos especialistas desganados que estrujan la identidad de un rayón, debiéramos cambiarle el nombre: Redundante Burócrata Incapaz.
Roberto los sucesos narrados en tú trabajo periodístico ocurren todos los días a lo largo y ancho de nuestro país. Pero existen en Cuba dos personas con el mismo número de identidad? yo creo que no, entonces es tan difícil comprobar el caso de la madre de Niurka Morales (mi compañera de estudios en la secundaria)que Francisca Mercedes y Francisca son la misma persona? seguro que las dos aparecen con el mismo número de identidad. Es muy difícil comprobar que José Omar Yero (mi amigo del barrio y compañero de trabajo) es el mismo José Osmar Yero? y el número de carnet para que existe? Por qué no se emplean los miles de Informáticos que tenemos (técnicos e ingenieros) en los lugares que son verdaderamente necesarios? Estoy seguro que muchos de ellos son capaces de crear los softwares indispensables para evitar o subsanar estos ridículos errores. Hasta cuando hay que soportar esta situación, si sabemos que contamos con los recursos humanos y hasta tecnológicos mínimos para haberla resuelto hace mucho tiempo? Como hay computadoras en nuestros centros laborales conectadas a ninguna red (redes locales, no hablo de INTERNET) que son utilizadas solamente para jugar solitario, redactar los documentos del director y nada más. HASTA CUANDO?
Wikileaks, epílogo Wikileaks no ha sido el preludio de una nueva era de transparencia digital Bill Keller 20 FEB 2012 - 21:59 CET Esta parece ser la venganza de Julian Assange: todos los que riñen con la estrella de las filtraciones están condenados a pasar la eternidad debatiendo el significado cósmico de Wikileaks. En mi calidad de director de The New York Times durante la publicación de numerosos artículos basados en el tesoro de secretos militares y diplomáticos, y por ser el afortunado a quien el fundador de Wikileaks designó como su Periodista Menos Preferido, he participado en media docena de mesas redondas y he declinado, al menos, otras tantas. No puedo quejarme de la que se celebró en Madrid, donde, después de hablar un buen rato en un auditorio lleno a rebosar, los directores estadounidense, británico, alemán, francés y español que habíamos dado las noticias basadas en Wikileaks conmemoramos la colaboración con una visita al Museo del Prado después del horario normal y una comida de 27 platos cocinada por el maestro de cocineros Ferrán Adriá (si Europa está muriéndose, pienso ir a España a celebrar el funeral). Inolvidable también, en otro sentido, fue la retrospectiva en Berkeley, donde el propio Assange, que se encontraba, igual que hoy, en Inglaterra a la espera de conocer la decisión sobre su extradición, intervino a través de Skype en una pantalla gigante, como el gran Mago de Oz, para pontificar sobre la incompetencia de los medios de comunicación occidentales que no habían sido capaces de convertir los documentos en una especie de juicio de Nuremberg del imperialismo norteamericano. La mitad del público parecía a punto de tirar su ropa interior a la pantalla. A eso hay que añadir los tres o cuatro documentales sobre la aventura de Wikileaks, la docena de libros —incluida, extrañamente, la autobiografía no autorizada de Assange— y un par de posibles proyectos en Hollywood, en los que tengo doble interés (1. la ligerísima posibilidad de que pueda cobrar algo de dinero por el pequeño trozo de la historia que me corresponde, y 2. la remotísima probabilidad de que un director acepte la brillante idea de mi esposa de que Tilda Swinton encarne a Assange). Es asombroso que sigan invitándome a estas cosas, porque soy un poco aguafiestas. Mi respuesta habitual a la solemne pregunta de si WikiLeaks ha transformado nuestro mundo y cómo es: la verdad, no demasiado. Fue una historia fantástica y un increíble proyecto de colaboración, pero no fue el preludio, como les gustaría creer a los documentalistas, de una nueva era digital de transparencia. Es más, si ha tenido una consecuencia general, es más bien la contraria. Dado que no parece que el tema vaya a desaparecer por ahora --el próximo mes se estrenará otro melodramático documental más sobre nuestra aventura con WikiLeaks en el festival South by Southwest--, he decidido examinar qué repercusiones quedan aún de la que tal vez haya sido la mayor cascada de secretos al descubierto en la historia de Estados Unidos. Assange, que dio a un puñado de periodistas acceso a los datos robados, se ha mudado de la mansión rural de un partidario a una vivienda mucho más modesta mientras combate el intento de extraditarle a Suecia por las acusaciones de delitos sexuales. Al parecer, en Estados Unidos, un gran jurado está todavía debatiendo la posibilidad de procesarle por su papel en las filtraciones. Llevó a cabo muchas horas de entrevistas para una autobiografía, pero luego se retiró del proyecto; sin embargo, su editor --con el espíritu anarquista propio de WikiLeaks-- la publicó pese a sus objeciones. (Por supuesto, no con ánimo de lucro. Ocupa el número 1.288.313 en la lista de libros más vendidos de Amazon.) El último proyecto de Assange, anunciado el mes pasado, es un programa de entrevistas en televisión en el que hablará con "iconoclastas, visionarios y conocedores del poder". Eso dice la orgullosa cadena que ha comprado de su serie, RT (antes Russia Today), el brazo propagandístico en inglés del Kremlin y guardián del culto a Putin. No es broma. Aparte de la televisión del Kremlin, Assange ha pasado de ser famoso a ser una celebridad de segunda categoría: no es lo suficientemente estrella para presentar un programa de Saturday Night Live, pero sí tuvo un cameo en el episodio del domingo de Los Simpson. Bart: "¿Cómo le va, señor Assange?" Julian: "Esa es información personal, y no tienes derecho a conocerla". ¡Tadá! Está previsto que el soldado del ejército acusado de divulgar 750.000 documentos secretos a WikiLeaks, Bradley Manning --al que, al principio, mantuvieron preso en unas condiciones tan inhumanas que el portavoz del Departamento de Estado dimitió como protesta--, sea procesado el jueves por unos cargos que podrían implicar cadena perpetua. Sin disculpar su supuesto delito, es evidente que el verdadero pecado original de todo este drama es que esta alma atormentada tuviera acceso a tantos secretos. Lo que no podemos saber con certeza es la suerte de los numerosos informadores, disidentes, activistas y testigos inocentes que aparecen mencionados en los cables estadounidenses. Assange publicó nombres de fuentes pese a las enérgicas protestas de los periodistas que habían tenido acceso a los datos (tuvimos cuidado de borrar los nombres en nuestros artículos) y para horror de los grupos de derechos humanos y algunos de sus colegas en WikiLeaks. Me han contado que algunos de los que quedaron expuestos huyeron de sus respectivos países con ayuda de Estados Unidos y a otros los detuvieron, y no se sabe que mataran a ninguno. ¿Pero acaso lo sabríamos? Cuando leo historias como la de Reuters de la semana pasada sobre los tres hombres decapitados en Yemen por dar informaciones a estadounidenses, no puedo evitar volver a preocuparme por los testigos inocentes que aparecían en los cables. La publicación de tantas confidencias e indiscreciones no dio al traste con la política exterior de Estados Unidos. Pero sí complicó, al menos temporalmente, las vidas de los diplomáticos estadounidenses. Los funcionarios norteamericanos dicen que, ahora, sus homólogos de otros países se resisten más a hablar con franqueza, y que es más difícil contratar y retener a informadores en todo el mundo. Como materia prima para periodistas, el alijo de secretos ha tenido una vida larga y espléndida. Hace 10 meses que The Times, The Guardian, Der Spiegel y los demás socios del proyecto publicaron sus últimos extractos, Y todavía aparecen a diario, en algún lugar del mundo, historias basadas en los documentos, bien porque los medios locales se enteran ahora de algún escándalo que no había llamado la atención de los grandes periódicos o porque nuevos sucesos arrojan una luz más interesante sobre ciertos cables. Los informes del Departamento de Estado sobre las vidas disolutas de los dictadores de Oriente Próximo contribuyeron a alimentar el fuego de las revueltas de la Primavera Árabe. Pero la idea de que se iban a abrir las compuertas e iba a producirse una gran inundación ha resultado completamente equivocada. Inmediatamente después de la brecha, varios medios (incluido The Times) pensaron en crear buzones seguros en internet para posibles filtraciones, imaginando que iban a surgir nuevos Gargantas Profundas de la era digital. Pero parece evidente que la filtración de WikiLeaks fue un acontecimiento único, y que ahora resulta más difícil que nunca acceder incluso a filtraciones más pequeñas. Steven Aftergood, encargado de supervisar todo lo relacionado con la de seguridad para la Federación de Científicos Americanos, ha dicho que, desde WikiLeaks, el Gobierno ha elevado la "amenaza de las fuentes internas" a la categoría de prioridad y ha restringido el acceso al material clasificado. A instancias de un Congreso indignado, los servicios de inteligencia están trabajando en un programa de auditoría electrónica que, de funcionar, haría mucho más difícil la transferencia de secretos y mucho más fácil perseguir a quien la hiciera. "Se ha prestado mucha atención a WikiLeaks y sus pintorescos propietarios", me dice Aftergood. "Pero lo importante no son los que publican las informaciones, sino las fuentes. Y no hay muchas fuentes tan prolíficas ni tan temerarias como presuntamente lo fue Bradley Manning". No es extraño. El Gobierno de Obama ha sido mucho más agresivo que sus predecesores a la hora de perseguir y castigar a los autores de filtraciones. El caso más reciente, la detención el mes pasado de John Kiriakou, un antiguo agente de la CIA especializado en cazar terroristas, y acusado de decir a los periodistas los nombres de los colegas que participaron en la tortura con agua de sospechosos de Al Qaeda, es sintomático de la actitud al respecto. Es la sextaocasión en que este Gobierno investiga a un funcionario por revelar secretos a los medios de comunicación, más que todos los presidente anteriores juntos. El mensaje es escalofriante tanto para los que tienen la responsabilidad de guardar secretos legítimos como para los que piensen en hacer denuncias o los funcionarios que pretendan hacer saber a la población si nuestra seguridad nacional está o no protegida. Esta es la paradoja que, hasta ahora, los documentales han pasado por alto: el legado más tangible de la campaña de WikiLeaks para lograr más transparencia es que el Gobierno de Estados Unidos se ha vuelto más hermético que nunca. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia