¿Tú me quieres dejar?

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Mientras un ritmo moderno convida a vivir «a la my love», como un llamado a que el amor de hoy se torne aire ligero y experimento cómodo, y cuando buena parte del mundo ya se ha contaminado de ambiciosas euforias, en una era llena de mercadeos sentimentales por doquier, aún se revelan pasiones entrañables, historias que enseñan a amar desde la erudición o el cotidiano guaracheo de la vida, ese con el que nos vamos todos, movidos por el contagioso ritmo de una vieja canción, «aunque nos cueste morir».

Pudiera parecer una encomienda fácil hilvanar un conjunto de líneas en las cuales se asiente el espíritu resuelto de una fecha en que, al aludirla, hemos de sortear el complicadísimo riesgo de movernos por una ruta apasionada, pero serena, en la que se desplazan a contracorriente cursilerías y empalagamientos de todo tipo.

Y uno, que también anda de un lado a otro afanado en su mundo, pensando en cómo quitarle el tufillo a tedio y el sentido rectilíneo a la vida ante tanta charlatanería y frase hueca, se siente tentado a escudriñar afectos más allá de los suyos, entre aquellos que han demostrado la inexistencia de un rito exacto y único al querer, sin necesidad de cartas ni tarot ni bolas mágicas que predigan el mejor camino hacia esa inmensidad.

A pesar de que la historia sigue acariciándonos el oído y la mente con el pensamiento del genio, seduce la idea de asistir, con la extrañeza del descubridor, a esos pasajes fabulosos en los que el ser humano, más allá de sus otras cumbres, alcanza también un lugar en el apacible cosmos del enamoramiento.

Desde hace varios días una colega ha colocado en mi buzón electrónico una nota con fragmentos de un texto impresionante. Se trata de una carta, bellamente escrita, que el eminente filósofo e ideólogo alemán Carlos Marx le dedicara a su esposa, Jenny von Westphalen, en la que se nos ponen al descubierto, con un lenguaje rico en metáforas, la honda sensibilidad del político y su destreza para fantasear, pese a cualquier distancia, con el recuerdo inamovible del ser amado.

«¿Cuál de mis numerosos calumniadores y detractores me ha reprochado alguna vez que sirvo para el papel de primer amante en algún teatro de segunda? Y es así. […] Mi amor hacia ti, lejos de mí te costará trabajo comprobarlo, significa tanto como lo que es en realidad: una especie de gigante, en él se junta la energía de mi alma y la fuerza de mis sentidos».

Pero como mismo uno se acopla a estos destellos sublimes, es admirable también levantar la emoción con la complicidad de seres cotidianos, seres que nos tocan el hombro y nos cuentan sus virtudes, y hasta sus defectos, seres que a pesar de andar, como andamos todos, absorbidos por la vorágine de la modernidad, han sabido protegerse de la ramplonería y el cansancio más hostil.

Entre esos amores ejemplares que, aunque no están en extinción, a veces hace falta el lente de una lupa para encontrarlos, me atrevo a colocar los abrazos compartidos de Zoila y Fernando, dos villaclareños que, adorables en la pasión del magisterio, aún viven envueltos en sus propias incógnitas, en el ir y venir del jubilado al que no le alcanza el día para todos los trajines, y en el tejido hermoso de la profe que conserva a toda hora un gesto afable y un fino humor.

¡Ah, Zoila, Fernando! ¡Qué suerte la de haber forjado ese misterio! ¡Qué gratitud la de un amor maestro al cabo de los años, en el que a toda hora se aprende y se perdona! Pudiera parecer una encomienda fácil, tan aparentemente fácil como tararear una guaracha para no sufrir, pensando en apasionadas cartas, en la gente común que se entalla y espera por que le llegue su mejor falda o su pantalón, o en los grandes hombres que tampoco han vivido, hasta hoy, exentos del secreto.

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