La peligrosa tentación del churro - Opinión

La peligrosa tentación del churro

Autor:

Alina Perera Robbio

Revisando ideas que hace no mucho escribí para otro espacio, encontré estas líneas a las que no hace falta quitarles polvo alguno para compartirlas con nuestros lectores. Movida por la realidad, proponía entonces:

Así como celebramos múltiples talleres y encuentros nacionales, congresos con los cuales trazar tácticas y estrategias para mejorar la sociedad, deberíamos realizar algo así como un simposio sobre «la chapucería, sus manifestaciones, y modos de contrarrestarla».

Podrían confluir psicólogos, sociólogos, filósofos, economistas…, y quizá los resultados serían magníficos. A lo mejor ese sea buen punto de partida para tomar conciencia de que la chapucería —definida también como pifia, imperfección, churro, chambonada, descuido, buñuelo, o tosquedad— es una manifestación de nuestro devenir colectivo o individual cuyo peligro es que, perteneciendo al ámbito de lo subjetivo, no tiene cura fácil cuando echa raíces.

Aunque se da la mano con el mal gusto, la chapucería implica daños más hondos que trascienden a los cisnes o cerditos de yeso (con el perdón de las útiles alcancías); a las flores plásticas, por lo general mal colocadas y en las que suelen posarse las moscas; o a ciertos atuendos estridentes, expandidos hoy en la sociedad como ola de contagio súbito.

La chapucería es una condición, un modo de llevar la vida. Reflejo condicionado que algunos podrían achacar a una existencia hecha a retazos y precipitaciones, nacida de la ausencia de objetos leves e imprescindibles, de la guerra que durante tanto tiempo nos ha hecho el enemigo más poderoso del planeta, y nacida también de nuestras debilidades e ineficiencias.

La cuestión sobre la cual valdría la pena meditar es que muchos se han acostumbrado a lucir tan feamente como las paredes más sucias y mal pintadas, y se han habituado a ser verdaderos churros en el momento de dar respuestas detrás de un auricular o de un mostrador de tienda u oficina, o sencillamente en ese acto tan crucial de lidiar con sus semejantes.

Algunos han tomado como sellos en su proceder el parche, la costurita fácil, el «dale y no preguntes…», la insensibilidad, la amnesia (se actúa en el presente, sin tener en cuenta pasado reciente o recóndito, y mucho menos el futuro), la irreflexión, la falta de hondura, la inconstancia, el poco sentido crítico de la obra propia. Y así, como cepas que se propagan exponencialmente, las llagas de la chapucería pretenden apoderarse del tejido social a riesgo de que un día, como todo está conectado, resulte imposible emprender una sola tarea a derechas.

A pesar de lo dicho, creo que existe un umbral salvador en el cual no tiene por qué operar una relación directa, inapelable como maldición gitana, entre nuestras condiciones objetivas y nuestras fealdades y comportamientos erráticos.

En su mejor cresta el cubano es una criatura sensitiva, dada a disfrutar lo bello; y es un admirador de lo bien hecho. Su capacidad de análisis puede llegar a ser corrosiva con aquellas situaciones preñadas de torpezas, lentitudes e inoperancias. Pero es justo añadir que a menudo hablamos como jueces extraños en nuestro propio patio, como si el paisaje social no fuera, en muchos sentidos, cosecha de nosotros mismos.

Sin esperar al momento en que hayamos dejado atrás las más duras adversidades en lo material, la meta inmediata es que, como alguien sabio ha dicho, intentemos brillar donde quiera que estemos. Hagamos las cosas a conciencia, sin trampas; quitémonos de encima el síndrome de la autoflagelación, de la imposibilidad per se, la sensación de fatalidad que lacera la autoestima y no nos deja avanzar.

Habrá caldos de cultivo para la chapucería contra los cuales se impone dar pelea, habrá murallas más fuertes que el ímpetu individual. Por eso, entre todos, se impone pensar con agilidad y audacia en fórmulas que estimulen el talento, que distingan a quienes se esfuercen con calidad y resultados. Hay que entronizar maneras de pensar y decidir que propendan a fortalecer la salvadora complicidad entre lo funcional, lo útil y lo hermoso.

Caminar en pos de ese anhelo será arduo. Sospecho incluso, como me comentaba un talentoso diseñador cubano, que muchos no tirarán con entusiasmo del carro de la belleza aunque ellos sean los primeros en reclamar un mejor país. Pero tengo la esperanza terca de que todo cuanto acaricie a los ojos y al alma deje de ir teniendo halos de milagro y empiece a ser tan consustancial a nuestras suertes como la respiración o el sudor. Necesitamos; merecemos eso. ¿O no?

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