El olvido

Autor:

Roberto Díaz Martorell

Esa mañana miré un correo electrónico y quedé anonadado. Me alertaba de que yo sería objeto de una «fuerte crítica» en una emisión de la revista Strike, espacio de Radio Ciudad del Mar, en Cienfuegos.

El programa analizaría lo que se juzgaba como un imperdonable olvido: no haber mencionado el lugar de nacimiento de Carlos Yanes Artiles, legendario pitcher que por años defendió la franela de la Isla de la Juventud. Yo había publicado una entrevista con ese corajudo jugador (Yanes: otra leyenda del béisbol cubano, 15 de enero), y ciertamente levitaba de la alegría...

Remitía la comunicación un aficionado entendido en materia beisbolera, anotador oficial del Comité de Reglas y Arbitraje, de la Dirección Nacional de Béisbol en la Perla del Sur. «¿Cómo es posible que a usted se le haya olvidado mencionar que Yanes nació en Cumanayagua-Cienfuegos, y se lo llevó su familia a los ocho años para la Isla de la Juventud?», preguntaba.

Dicho así, parecía que a Yanes lo habían obligado a desprenderse de sus raíces, pero tal detalle se antojaba insustancial si mirábamos a sus 28 series nacionales y al abanico de vivencias que, dentro y fuera del diamante, esos años habían alimentado. Haber reverenciado esa cota de amor al deporte era lo más importante, y pronto dejé de taladrarme las sienes con la preocupación de no haber reparado en la singularidad de su procedencia, y me tranquilicé con las reacciones de simpatía y respeto que la entrevista suscitó entre conocidos y lectores.

También la memoria vino en mi ayuda. Sí, porque recordé que desde la década de los 60 la Isla ha sido cuna de jóvenes y familias de todo el país —como la de Yanes, acaso—, quienes ayudaron a curar las heridas que le dejó a la hermana menor de Cuba el huracán Alma (1966), y convirtieron allí muchos sueños en realidad.

Lo más importante no es dónde se nace o se muere, sino dónde se hace y la Isla se enorgullece de la huella de miles de personas, quienes contribuyeron al desarrollo local y se formaron como profesionales de la economía, la educación, la cultura y el deporte.

Considero el mensaje de mi interlocutor como un justo reclamo de identidad y hasta lo aplaudo, pero la frase «lo mío primero» debe trascender las fronteras territoriales y convertirse en estandarte para defender la unidad por Cuba. Para no salirnos del tema béisbol, cuando Michel Enríquez o Pito Abreu deciden un partido en la arena internacional, no gana la Isla ni Cienfuegos: gana el país.

Según el diccionario, identidad es el conjunto de rasgos o informaciones que individualizan o distinguen algo que te confirma como individuo; y Eusebio Leal Spengler, Historiador de La Habana, la definió en cierta ocasión como la suma de los rasgos, cualidades, carácter y forma de ser del cubano expresados en la cultura del país, de la cual el béisbol es parte inseparable.

Es agradable constatar con qué orgullo un aficionado quiere que se reconozca como suya a una estrella de la estatura de Yanes. Pero deberíamos pensar, siempre, que el béisbol es de todos. Con frecuencia la vida enseña que esas indisciplinas que en ocasiones se generan en torno al pasatiempo nacional nacen de miradas estrechas a la competitividad.

Si las penas compartidas tocan a menos, las glorias repartidas tocan a más, porque cuando a un hombre se le reconoce su aporte en beneficio de la mayoría, como es el caso, deja de ser del lugar donde nació para ser de todos.

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