La locura contenida

Autor:

Nyliam Vázquez García

Las miradas se vuelven una y otra vez hacia los países que usaron su derecho al veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Rusia y la República Popular China dijeron «no» a que se repitiera en Siria la triste y terrible historia de Libia, pero eso no fue motivo precisamente de reconocimiento. Más bien ambas naciones soportan desde entonces un chaparrón de críticas en todos los tonos.

¿Qué tan loco está el mundo para atacar a quienes intentan poner freno a tanto delirio guerrerista, a tanta muerte y división dentro de las naciones? Parece que más aun, porque incluso culpan a Moscú y Beijing de que si no se ha llegado a una solución al conflicto sirio es responsabilidad de las posiciones de los gigantes con derecho al veto, y no de la intransigencia y de los oscuros intereses que reptan en suelo de ese país. Desde que el 4 de febrero Rusia y China vetaron el borrador del documento presentado por los países árabes con el sello inconfundible de Estados Unidos y sus aliados europeos, más que aplausos llegaron las críticas. En efecto, el mundo está de atar.

A pesar de ese muro del veto levantado contra EE.UU. y sus aliados, un grupo de presiones a Siria fueron aprobadas en el órgano supremo de la ONU 12 días después, por 137 de los 193 países que forman la Asamblea General de Naciones Unidas, con la oposición de 12 y la abstención de 17. Claro, con Rusia y China plantadas en sus trece sobre los planes de ataque contra Siria, zona de exclusión aérea, o apoyo logístico a la oposición, aunque esto ya ocurre, no es posible que sea expedita la repetición de la barbarie libia. Ambos gigantes aprendieron la lección. Y seguro las consecuencias de sus políticas en la historia reciente sustentan sus actuales discursos y acciones. Es lógico que, debido a lo ocurrido finalmente en tierras libias, deseen impedir el precipicio, o por lo menos que se llegue a él sin ninguna resistencia.

Sin embargo, la presión es poderosísima. A pocos días del veto un vocero de la Cancillería china debió salir a explicar la posición de su país, pero ello no calmó la algarabía. De hecho, quizá para entonces Washington olvidara ex profeso que solo sobre Palestina los distintos Gobiernos estadounidenses han vetado 41 resoluciones, por supuesto, en beneficio de Israel.

Recientemente, Zhai Jun, el viceministro de Exteriores chino se reunió con Al-Assad y desde Damasco reiteró el llamado a todas las partes a cesar la violencia, al tiempo que expresó su confianza en que el presidente Bashar al-Assad cumplirá su promesa de convocar un referéndum constitucional y unas elecciones democráticas. Pero nada es suficiente para quienes tienen sumida a Siria en la violencia y quienes los aplauden y financian desde el exterior. Peor aun, se arrogan el derecho de atacar las posiciones que incitan a la calma y al diálogo como premisa para resolver cualquier problema.

«Si el Consejo de Seguridad aprueba esa resolución de apoyo a la Liga Árabe, esto solamente conducirá a que haya más violencia», señala un artículo del Diario del Pueblo, órgano oficial del Partido Comunista de China

Qu Xing, experto en relaciones internacionales destaca en el texto que «si el presidente sirio hubiera dado marcha atrás con una retirada y la oposición hubiera sido animada a seguir adelante, los enfrentamientos habrían sido peores de lo que son» actualmente.

Mientras todo ocurre, para los medios internacionales China y Rusia solo se «han convertido en los principales aliados de Siria», como indica la poderosa Reuters en un despacho reciente. Nadie menciona el papel de contención que realizan ambas naciones, la posición responsable como les corresponde por su peso en el concierto planetario.

Los ríos de tinta fluyen para ponderar la guerra con pretextos poco creíbles de protección a civiles y otros por el estilo. La verdad es que solo se trata, una vez más, de descabezar a otro Estado nacional y ocupar allí posiciones privilegiadas, según las visiones geoestratégicas de EE.UU. y sus aliados.

Resulta peligroso que la locura apenas esté limitada por esa suerte de camisa de fuerza sujetada por Beijing Y Moscú. Si se desatara el caos tendría consecuencias impredecibles. Entonces ya no habría como atajar tanto delirio. Rusia y China lo saben.

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