Consagración

Autor:

Hugo Rius

De sobra sabemos y comprendemos, unos más y otros menos, cuánto pesa en los tiempos que corren las urgencias de la vida material, en medio también, por cierto, de una acrecentada avidez por apropiarse de bienes que dispensan la legítima aspiración al bienestar y la prosperidad personales, aunque con ellos se introduzcan envenenados afanes por alcanzar fetiches de vacua ostentación.

Tal vez lo peor de todo ello sea una cierta reticencia a dirigir el foco de la intercomunicación ciudadana a los aspectos éticos de la vida social, esos con los que en realidad se diagnostica la salud decorosa de un pueblo, como si se tratara de una manifestación «fuera de moda», como si hubiera desaparecido de la visión sobre la vida, ese antiquísimo axioma —que por fortuna se resiste a desaparecer— de que «no solo de pan vive el hombre».

Pero aunque subsistan condiciones materiales adversas y se abran necesarios cauces a nuevas formas de participación en la economía, de ninguna manera se puede dejar que el desenfreno especulativo borre lo que ha formado la sustancia del cubano a lo largo de su portentosa historia, medido en los valores legados por nuestras pasadas generaciones.

A todos nos sana y protege exaltar cuánto siguen forjando muchos compatriotas al consagrarse a una causa noble, a un empeño para el bien de todos, que se inspira en el acto mismo del servicio, que se sienten más recompensados por la satisfacción de hacer que por las gratificaciones pecuniarias que al mismo tiempo les son muy merecidas.

Ellos y ellas, a su paso por la vida bajo esa inspiración irrenunciable, representan con sus ejemplos algo sumamente importante de lo mejor que se pueda proporcionar como modelo de conducta que engrandece a una nación. Ahí están, de cuerpo presente, activos, infatigables, aguardando por la visibilidad pública que nos escude de tanta ramplonería y de los tramposos «caminos fáciles».

Para esa especie de seres humanos que han sabido encontrarle un sentido a sus existencias, dejar huellas y construir paradigmas, mi perenne agradecimiento. Ya sean educadores, científicos, investigadores, artistas, literatos, obreros, labradores, trabajadores de los servicios… los empareja por igual una misteriosa necesidad de ser útiles a los demás.

Este homenaje lo extiendo hoy en particular a nuestra colega Irma Cáceres, a quien se le acaba de otorgar merecidamente el Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida, en reconocimiento también a la consagración a una profesión en la que se ofrece más de lo que se recibe, pero que se elije con amor apasionado para derrochar inteligencia y compromiso con la sociedad y el género humano.

Loados sean los consagrados que nos inspiran y fortalecen.

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