Heridas de la memoria colectiva

Autor:

Nyliam Vázquez García

A lo largo de más de una década, en vez de salvar al pueblo afgano como prometieron para justificar la fallida ocupación, lo que sí han debido hacer los militares estadounidenses, y mucho, es ofrecer disculpas. Aunque nadie cree en esas excusas y ciertamente han sido más los desmanes cometidos, cada una da cuenta de la ética de los uniformados en el cumplimiento de las tareas del Pentágono.

La lógica solo parece una: matar y humillar a los pueblos en los que desembarcan. O, cómo si no, se explican las torturas de Abu Ghraib, aquellas imágenes terribles que recorrieron el mundo, o el video publicado por Wikileaks, donde los soldados asesinan a inocentes desde un avión como si de un juego de computadoras se tratara. O más recientemente, otra vez los supuestos salvadores insultando y orinando sobre cadáveres de afganos y los marines armados hasta los dientes posando orgullosos con un símbolo nazi.

Pareciera que para engrosar las filas de ese ejército habría que ser capaz de todo, incluido despojarse de humanidad. Pero aunque la historia demuestre todo lo contrario, un comandante de cuatro estrellas es capaz de decir que aquello que desata la ira nacional en Afganistán no fue «intencionado». ¡Cómo creerle! Y sin el menor remordimiento, aun sabiendo que miente, presenta disculpas una vez más.

«Estamos investigando el suceso y dando pasos para garantizar que esto no suceda de nuevo. Les aseguro… les prometo… que esto no ha sido de ninguna manera intencionado», expresó John Allen, comandante estadounidense de las tropas de la OTAN en Afganistán, luego de saberse que en la base de Bagram los soldados quemaron copias del Corán, libro sagrado de los musulmanes.

Trabajadores afganos de la base rescataron los restos de los libros —así que ni siquiera pueden negarlo— y la noticia corrió como pólvora.

El secretario de Defensa, Leon Panetta, también ofreció disculpas. «Ofrecemos disculpas al pueblo afgano y reprobamos esta conducta (la quema de textos religiosos) en los términos más duros», recalcó en el mensaje leído por el portavoz de la Casa Blanca.

Como si bastara inclinar mínimamente la cabeza para evitar males mayores, lo que realmente queda al desnudo es la calaña de quienes se han mantenido en suelo afgano, a pesar de que supuestamente «abandonan» el país en 2014, pero lo dejan peor que en 2001.

Por otra parte, las profanaciones al libro sagrado y otros símbolos religiosos islámicos por soldados de EE.UU. y la OTAN son más frecuentes de lo reconocido. Y no se trata solo del Corán, texto que exige ritos específicos para deshacerse de las copias viejas, sino de las más elementales normas de conducta de un contingente de 130 000 soldados.

Esta vez, como en otras ocasiones, los afganos han salido a protestar y tomado las calles, y aunque han sido reprimidos —más de dos decenas de muertos hasta el momento— dejaron claro nuevamente que están hartos del irrespeto. Todo parece indicar que la cuidada estrategia de no herir sensibilidades, llevada adelante por el alto mando militar, primero llega tarde, y segundo, se va por la borda cuando los soldados hacen gala de lo que les enseñan.

También recientemente circularon unas imágenes que muestran a soldados británicos pidiendo a niños afganos  que les toquen los genitales a través de su ropa… Definitivamente no tienen límites.

Pero luego viene el jefe de las fuerzas de la OTAN, con gesto grave, apela por dos veces al «noble pueblo afgano», se excusa, y con eso quieren resolverlo todo. Después el Secretario de Defensa con más disculpas…

Sin embargo, para el noble pueblo afgano no es suficiente y ha estallado la ira que parece incontenible. «Los afganos no queremos a estos cristianos e infieles que son enemigos de nuestra tierra, nuestro honor y nuestro Corán», explicó a Reuters Haji Shirin, uno de los manifestantes. «Pido a todos los musulmanes que se sacrifiquen para expulsar a estos soldados de esta tierra».

Ahora tienen miedo y se encierran en sus bases e incluso piden a los ciudadanos estadounidenses en Afganistán evitar desplazarse. Hay que esperar. Creen que en unos días todo se olvidará. Como siempre se equivocan, y aunque sus disculpas parecieran infinitas, la memoria de los pueblos cuando son ultrajados también lo es. Dolorosamente, los afganos tienen demasiados pasajes terribles haciendo sangrar las heridas colectivas.

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