La deuda del espejo

Autor:

Osviel Castro Medel

Aquel viernes fue terrible y dramático para Cuba. Y extremadamente doloroso, al punto que todavía hoy nos punza la pérdida, sobre todo por la manera injustificable —aunque previsible— en que ocurrió.

Aquel 27 de febrero los barrancos embrujados de San Lorenzo parecieron extenderse por toda la nación porque él, batiéndose ¡solo! contra una columna española, echó su sangre definitiva en la roca y en la tierra.

Y aunque hayan pasado 138 años los cubanos deberíamos asomarnos más a ese episodio para extraer lecciones, pero particularmente para analizar el ejemplo de ese mártir ultimado entre lomas, a boca de jarro, cuyo nombre no hemos de olvidar: Carlos Manuel de Céspedes.

Con él, como con otros, tenemos la deuda del espejo, esa que consiste en mirarle con más frecuencia los actos y conductas que le revalidan el epíteto hermoso de Padre de la Patria.

No se trata de repetir solo en octubre o en febrero que sacudió un país al llevarlo de la almohada en duda al volcán glorioso de la insurrección libertaria; tampoco de recordar que con modestia se hizo codo y piel de sus antiguos súbditos, o que prefirió la inmolación antes que reñir por el escalón presidencial ganado con un mar de pruebas desinteresadas.

Sumergirse en el comportamiento de Céspedes y en los dilemas que enfrentó —el dinero o los ideales; la familia idolatrada o la manigua redentora, la demagogia o la ética— significa, de algún modo, redescubrir algunos de los dilemas de la Cuba actual.

Analizándolo, se comprende cuántas difíciles disyuntivas debió enfrentar: se escribe fácil, mas aquel que cayó cumpliendo la promesa de «muerto podrán cogerme, pero prisionero ¡nunca!», había comido contento y con honor, en los días anteriores a la muerte, sopas de «semillas de mamoncillos y dulces de mangos sin azúcar ni miel», entre otros platos manigüeros que revelan cómo aquel aristócrata se deshizo del manjar para convertirse en campesino augusto y especialmente en soldado de la Patria.

A veces, en el bregar diario, nota uno cuánto hace falta en algunos de nosotros hoy esa resistencia cespediana que conlleva en todo tiempo al hombre al ejercicio del decoro con el cual se derrotan la inmoralidad o la impudicia capaces, en algún caso, de llenarnos la barriga pero jamás el corazón.

Se redacta ahora rápido; sin embargo, aquel que fue destituido de modo absurdo de su cargo de Presidente y despojado hasta de su escolta, pasó los últimos días de su existencia en ese paraje remoto enseñándoles a unos niños a escribir libertad, cielo y vergüenza, como esos maestros que mientras más humildes se muestran más crecen en brillo. Tal humildad, tal modestia ejemplar seguirá requiriéndose en esta o en la mismísima Cuba del futuro.

Con todo, quizá lo más grande en Carlos Manuel Perfecto del Carmen Céspedes y López del Castillo es la constante congruencia ente el decir y el hacer, que tanto necesitamos en distintos escenarios. Jamás pidió sacrificio sin ofrecerlo antes; jamás exigió abnegación sin demostrarla primero.

Claro que tuvo defectos y una nube de amoríos; claro que albergó rencores y contó enemigos; de lo contrario no hubiese sido hombre. Y es a ese ser humano, capaz de perder joyas y fortunas, de perder un hijo amado en plena guerra por no doblegarse ante el chantaje, al que deberíamos anidar siempre en el alma para salvarnos de yerros o herejías y encontrar la herencia «rica en virtudes cívicas», de la que nos habló sin miedo y sin tardanza antes de aquel infausto 27 de febrero.

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