«La vista gorda»

Autor:

Luis Sexto

Como lo prometí, retomo los temas de la extinta columna llamada Coloquiando, cuyo origen en 2002 y su reciente final correspondieron a mi libre decisión. Ahora podré publicar cualquier día de la semana, sin someterme a una frecuencia estricta. Y reaparezco, pues, introduciéndome en un lío: quiero pasar por oftalmólogo y averiguar en qué consiste «la vista gorda». Porque si hoy hablamos de modificar la mentalidad predominante en Cuba, tengo que señalar que «la vista gorda» es una de las patologías que afectan a nuestros faroles mentales de modo que no reaccionemos ante determinados estímulos, y si replicamos, obremos con ánimo confuso, como el que tiene mala letra.

Ese padecimiento, según observaciones de este comentarista, se entronca con la ideología, la ética, la política, la indisciplina, la carencia de rigor, y cierta incapacidad para evaluar las circunstancias y los peligros. Parece demasiado en un sujeto. Pero no todos los síntomas se reúnen en un paciente. Tengamos presente que hablamos de mentalidad, una especie de conciencia, a veces falsa, articulada por estructuras sociales y económicas, y por hábitos, desvíos, impunidades…

«La vista gorda», así, está acusando una actitud de descomprometimiento, de rehuir las obligaciones. Unos —pongamos como ejemplo— tardan demasiado en hacer cumplir las leyes, y otros no las cumplen porque, en recíproca actuación, si estos «ven» que aquellos no aplican el rigor, deciden violarlas empleando una fórmula saturada de lógica mezquina: «Hagámoslo a ver qué pasa».

No hay excepciones: Todos, o casi todos, hemos de cambiar la mentalidad y convencernos, unos, de que dirigir, decidir, orientar, administrar implica, en una sociedad socialista, practicar el principio de que el poder se justifica mediante el único privilegio legítimo: servir a todos los ciudadanos. Y servirla, me parece, con el diccionario de la lengua cerca. Porque, aunque parezca artificioso concebirlo, el diccionario ha de componer un código político que nos ofrezca el verdadero significado de las palabras para que un sentido arbitrario no las distorsione y resulten sinónimos orden y mangoneo, decisión y capricho, regaño y persuasión, democracia y burocracia.

Y otros, quizá los más, hemos de interiorizar un principio fundamental: que ser gobernado y obedecer y cumplir leyes, normas y compromisos políticos exige, entre nosotros, el saber cogobernar, protagonizar colectivamente, responsabilizándonos individualmente, la causa de una sociedad con vocación de plenitud humana y política. A veces, nuestro majaseo, el esperar a que «el otro» actúe nos convierte en autómatas incapaces de usar el cerebro y el corazón a la vez. Y por momentos, si empleamos la cabeza, convertimos en hielo una parte de ella; y si la sensibilidad, la cocemos hasta transformarla en melaza.

Pues bien, el hielo pone a tiritar la conciencia, y la melaza, como la glucosa del diabético descompensado, daña la retina. Y «la vista gorda» sigue dejando correr lo que suponemos menos fundamental, aunque los ciudadanos honrados y los que no lo son pierdan confianza opuesta entre sí: los primeros dudarían de que los yerros sean corregidos, y los últimos de que alguna vez se les exigirá respetar la legalidad y la convivencia.

Todo, por ello, no ha de depender de una periodización: esto es, aquello primero, luego lo de más allá. Por lógica razonable, lo estratégico precisa de una priorización gradual y consecutiva. Pero lo menos importante no necesita que un defecto se corrija para rectificar al siguiente. Explicándome, quienes hacen sus piqueras nocturnas a las puertas de vecinos que intentan dormir, o los que hacen estornudar el claxon de su estridente vehículo a las seis de la mañana en área residencial y al pie de un hospital de maternidad, son tan culpables como el que no se detiene ante la señal de Pare. Las consecuencias probables de ambas violaciones y de otras serán diferentes, pero la responsabilidad es la misma ante la ley. Y a ello me refiero: a que «la vista gorda» no derive en «oídos sordos» y cuando las campanas llamen a la acción, creamos que a descansar llaman, Sancho. Sin embargo, la impunidad, hoy, es uno de nuestros riesgos más visibles.

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