El retorno - Opinión

El retorno

Autor:

Osviel Castro Medel

Pudo haber hablado de su obra frondosa y llamativa, de cómo tejió el guión del filme Retrato de Teresa; del bosque de libros que ha escrito y editado.

Sin embargo, aquella noche cómplice en la plaza vetusta y mambisa, casi todas sus palabras se volcaron hacia la ciudad que durante seis años lo vio vestido de trabajador bancario, la que le cobijó en silencio los primeros textos, la que fue cuna de sus dos hijos nacidos del vientre de Silvia Gil, su «novia de toda la vida».

Aquella luna, frente a decenas que lo aplaudían, Ambrosio Fornet no disertó sobre el primer ensayo escrito en 1953 en el centenario del Apóstol, ni de los premios ganados a neurona forzada en sus 79 años de existencia.

Timoneó sus frases una y otra vez hasta Bayamo, un lugar donde tuvo la fortuna de leer a Maceo Verdecia con sus leyendas ciertas y de descubrir la historia de Cuba porque allí «comenzó todo». Enfiló las naves de sus nostalgias hasta el barrio rural de Veguitas —en el que vio la luz—, o hasta las calles de la Ciudad Monumento, donde nadó en libros que le ensancharon la cultura desde temprano.

Oyendo a ese artesano de modestias, Premio Nacional de Literatura, uno repara en el sublime aforismo de Rabindranath Tagore, el escritor y poeta de Calcuta que vivió 80 abriles: «Cuando somos grandes en humildad, estamos más cerca de lo grande».

Escuchando a este hombre, Premio Nacional de Edición, miembro de la Academia Cubana de la Lengua, puede germinar en el cerebro la palabra raíz, esa que muchos olvidan cuando se mudan a un sitio con más torres y edificios o cuando crecen en abolengo y jerarquía.

Oyendo a Fornet, uno de los homenajeados ilustres de la Feria del Libro que acaba de despedirse, no se ha de hacer otro gesto que inclinar la cabeza y sopesar cuánto valen los orígenes en los seres humanos cuyo cielo de felicidad habita en la sencillez íntegra y no en los pergaminos ampulosos.

¡Cuántos, Fornet, renegaron del sitio donde amaestraron silvestremente los primeros caballos o dieron a hurtadillas el primer beso! ¡Cuántos tronaron con petulancia contra el pedacito por donde anduvieron descalzos y se llenaron de fango y de río! ¡Cuántos dijeron con aire de metrópoli que ellos se fueron temprano del monte y no quieren saber ya de los aromas y vapores de otro tiempo! Pero allá ellos con su bulbo arrancado y su amnesia a la fuerza.

Acaso por eso, Pocho, como te llaman algunos, has dado tantos Frutos, no solo en tu segundo apellido sino también en tu vida: porque, al contrario de esos, siempre la profundidad de tus raíces sobrepasó los espacios geográficos, las lejanías, los merecidos reconocimientos… y porque has llevado los orígenes en los latidos mismos de la venas.

De seguro por eso aquella noche de homenaje y de libros abiertos en la bayamesa Plaza de la Revolución, no hablaste ni una sola palabra de críticas o prólogos ni de los viajes de trabajo a otras latitudes, sino de la dicha inmensa del retorno a las calles que todavía respiran gloria e historia; de la fortuna de haber vuelto a tu propia casa.

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