No importan masacres, la guerra bordea el abismo

Autor:

Juana Carrasco Martín

Barack Obama y David Cameron se reunieron y luego hablaron a la prensa en el idílico escenario del Jardín de las Rosas de la Casa Blanca. Al contrario de ese espacio que sugiere paz, y sin tomar seriamente en cuenta los acontecimientos altamente turbulentos ocurridos en Kandahar, donde un sargento estadounidense con entrenamiento de francotirador asesinó a 16 civiles afganos, ambos fueron claros en decir que la guerra en la nación centroasiática continuará.

Tanto el Presidente de EE.UU. como el Primer Ministro del Reino Unido dieron la espalda a un clamor general que incluye a sus propios ciudadanos, a las amenazas de un talibán que anunció venganza, a la petición del presidente Hamid Karzai, su aliado al frente del Gobierno en Kabul, y al pueblo afgano, una vez más ultrajado.

La retirada será lenta, prolongada mucho más en el tiempo, y Obama apuntó, refiriéndose al próximo verano: «Habrá una robusta presencia de la coalición durante esa estación de combate, y luego de esa estación de combate, de conjunto con nuestro aliado (discutiremos) cómo hacerla segura (la retirada)» …Luego de 2014, cuando a su entender logren poner «a los afganos en una posición donde ellos puedan manejar su propia seguridad».

Como todo un yes, sir, Cameron, siempre a pocos pasos detrás de Obama, le reafirmó su apoyo: «Afganistán nunca más será un santuario seguro para que Al-Qaeda lance ataques contra nosotros».

Nada parece detenerlos, como tampoco dejó de disparar el sargento el domingo 11 de marzo en Panjwai, aunque nueve niños caían bajo sus balas asesinas, en definitiva apenas un evento en el día a día de los criminales. En este caso, el hombre de 38 años de edad y 11 de enrolado como militar, tiene el aval de tres misiones en Iraq y esta de Afganistán. ¿Cuánto más puede haber hecho cumpliendo las órdenes de esas guerras y no por «iniciativa propia», como presentan cada escándalo maligno?

La maquinaria de propaganda avanza por ese camino del «asesino solitario», y en alardes justicieros algún editorial de su gran prensa hace una declaratoria para ingenuos, como esta: «Estados Unidos dijo el lunes que una investigación está en camino. Debe ser rápida, transparente y conclusiva para que los afganos puedan ver que América (léase Estados Unidos de América) está comprometida con la justicia y la receptividad a su indignación.

«El castigo debe ser inmediato», dictaminaba el editorial de marras y de verdad la respuesta fue rápida: el sargento no identificado fue sacado el miércoles del Afganistán que pedía hacer su justicia, y enviado por lo pronto a Kuwait, un paso más de soberbia contra un pueblo sufrido y airado.

Simplemente barren y ponen su basura debajo de la alfombra, y el hombre saldrá absuelto como tantos otros en los  escándalos «individuales» de esas guerras, cuando deberían poner su acción en el microscopio y ver cada detalle de lo que puede considerarse un paso más de un imperio rumbo al  despeñadero.

Solo que ahora, ya lo dijo el pensador Tocqueville en 1831, los norteamericanos simplemente no pueden tolerar, ni incluso quieren oír, críticas fundamentales sobre «América». Sin embargo, algún día la locura tendrá fin.

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