Control de daños y asesinos sueltos

Autor:

Nyliam Vázquez García

Pasan los días y salen a la luz más detalles macabros, como si la primera versión de la matanza de civiles en Afganistán no fuera lo suficientemente terrible. La idea de que solo un soldado estadounidense hubiera masacrado a 16 personas, entre ellos tres mujeres y nueve niñas, en viviendas muy distantes una de otra, parecía poco convincente desde el principio. Cada vez con más fuerza se levantan voces que denuncian que se trató de un acto perpetrado por un grupo de uniformados de EE.UU., quienes se divirtieron largamente con sus fechorías.

Una comisión integrada por legisladores afganos investiga lo ocurrido y sostiene que entre 15 y 20 soldados asistidos por dos helicópteros habrían actuado en el momento de los asesinatos. Esta tesis se aleja de la sostenida por el Pentágono, que insiste en cargarle toda la responsabilidad al sargento Robert Bales, de 38 años, a quien acusan de locura a causa de anteriores misiones en Iraq.

Casualmente, solo ahora han trascendido los enfrentamientos de este soldado con la ley en EE.UU. Según la ABC News fue juzgado bajo el cargo de asalto y un tribunal le ordenó controlar sus ataques de ira. ¿Dónde estaban los asesores militares o los médicos, cuando los superiores aprobaron su alistamiento y fue enviado a Afganistán en diciembre de 2011?

No solo se trató de la irrupción nocturna en casa de civiles afganos en plena madrugada —como es el procedimiento habitual de las fuerzas ocupantes—, de la intimidación y muerte a sangre fría de las víctimas sin distinción de edades, es también la violación de al menos dos de las mujeres. La parlamentaria Hamidzai Lali, a partir de testimonios recogidos en la zona, dio cuenta de que «los militares estadounidenses capturaron a dos mujeres, las violaron y luego las mataron con armas de fuego».

Uno de los testigos, entrevistados por Telesur, aseguró que los soldados —siempre en plural— asustaron a los pequeños con sus gritos y que no respetaron ni siquiera el sueño de un bebé de dos meses. ¡Cuánta desesperación para esas madres, cuánta impotencia debieron sentir los hombres de las familias en esos minutos terribles!

Los soldados, incluido el sargento Bales, hicieron lo que ya tenían previsto, porque es poco creíble que fueran a encontrar «enemigos» en esas casas. Finalmente, autoproclamados verdugos, hicieron aquello para lo que son minuciosamente entrenados: vejaron y mataron.

Después todo debería quedar como un error, otra lamentable pifia personal. Y por supuesto llegó el desfile de disculpas y las promesas de investigación y castigo para «el responsable». Como siempre, esperan que llegue el olvido. Sin embargo, aunque la historia pugne por repetirse, no es tan sencillo luego de diez años de reiteración impune en Afganistán y en Iraq. Para colmo, también esta vez el mando militar estadounidense obstaculiza la investigación llevada adelante por el Gobierno afgano. De hecho, el presidente de esa nación centroasiática sugirió que Washington puede estar ocultando datos y pidió la retirada de las tropas ocupantes a sus cuarteles para el próximo año.

«Esto ha durado demasiado. Hasta aquí hemos llegado. Esta forma de actuar, este comportamiento no se puede tolerar», advirtió Hamid Karzai.

Para intentar apagar el fuego, crecido en las últimas semanas también por la quema de miles de copias del Corán en la base de Bagram y azuzados con los más recientes hechos, el presidente estadounidense Barack Obama llamó a Karzai para prometer una revisión de la estrategia de la guerra. Como era de esperar: «Control de daños».

Sin embargo, el traslado supersónico del solitario transgresor a territorio norteamericano y la conformación de un equipo de defensa, que incluye al menos un abogado militar, avizora el mismo modus operandi de siempre o en el «mejor» de los casos, un escarmiento para el chivo expiatorio y el resto, libre para seguir matando en las calles de Kandahar, Kabul, o cualquier otra ciudad o aldea afgana.

Resulta llamativo que Bales, asesino de casi una veintena de seres humanos —y ahora no recuerda nada de lo hecho, según su abogado— reciba un tratamiento tan distinto al del sargento Bradley Manning, sometido a torturas, a incomunicación, a quien le negaron un juicio justo y cuyo delito fue sacar a la luz pruebas que documentan aún más los desmanes del ejército estadounidense.

La matanza de hombres, mujeres y niños en el sur afgano aumenta el amplísimo historial de crímenes de EE.UU. allá donde va.  Y mientras nadie puede devolver el aliento, la vida toda a esos pequeños afganos que debieron crecer, a sus madres, a sus padres. Los asesinos siguen sueltos.

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