Venecia sin ti - Opinión

Venecia sin ti

Autor:

Luis Sexto

Sobre las callejas bordeadas de canales iba confirmando el lema de la ciudad que anunciaba desde hacía siglos que viajar era más necesario que vivir. El alma se abría agradecida por haber vivido hasta llegar allí y mirar lo que había leído o visto en fotografías: las réplicas modernas de los avissi, antecedentes de los periódicos impresos; el Puente de los Suspiros, donde lagrimeaban los recién condenados que atravesaban el casi diminuto, cerrado y aéreo enlace entre el palacio ducal, sitio de los jueces, y la cárcel. Y me pareció increíble aquel alerta mundial desde París, tierra firme, sobre la imposibilidad de Venecia para seguir andando sobre las aguas del Adriático, como en un milagro de los Evangelios.

Todavía lo recuerdo. Venecia llegó primeramente a mis deseos en ese lamento, cuando hacia 1966 el Correo de la Unesco pidió un salvavidas para impedir que se hundiera aquella ciudad sostenida por el mar. Cuatro décadas más tarde, me detuve como para preguntarme si el paisaje era un sueño o yo estaba dentro del glóbulo nebuloso de un fantasma con aquella postal como retablo. Y no demoré en pretender un calificativo que me preservara de repetir a incalculables viajeros de las letras.

En mi posición de viajero que escribe, la analogía es inevitable: viajar a Venecia me resultó menos azaroso que ahora cuando uno intenta escribir sobre ella. Al reconocerlo, me confieso el menos apto de cuantos han escrito de esta ciudad todavía distinguida en el mapa biográfico de escritores citados en las enciclopedias. Pero prefiero exponerme a quedar minimizado o ridiculizado. Aún me sacude las orejas el murmullo de su antigüedad, la exclusividad de su trazado, la mezcla de elementos naturales con la historia de ciudad señalada en todas las cartas de navegación como potencia marítima, señora dos veces del Adriático: una por el tráfico comercial y la siguiente por andar sobre las aguas. Y precursora del periodismo impreso y de la publicidad turística.

Frente a la catedral de San Marcos, indomable conjunción de la democracia del arte y la arquitectura, miras la fachada, la mezcla del arte bizantino con arte occidental, y te preguntas si Venecia será condenada a ser solo la referencia gráfica de un pasado entre los siglos que algún día no se puedan suponer al palpar y ver esta ciudad líquida. El más terrible de los vaticinios es el último verso de un poema de Miguel Barnet, que al pasar por Venecia acierta a describirla con la inocencia impune del poeta, y al concluir su canción obnubilada, el etnólogo irrumpe en el clímax, lo paraliza y echa sobre nosotros la certeza de que a esta ciudad «no hay dios que la salve».

Al entrar en la ciudad, a pie desde el estacionamiento obligatorio de la periferia para quienes llegan en automóvil —el ferrocarril también termina a las puertas—, tuve que repetir espontáneamente la exclamación que tantos otros repitieron: ciudad inverosímil, fantástica, espejeante... Pero, según avanzaba por sus callejuelas, y cruzaba canales sobre puentes arqueados, y veía barqueros vestidos de colores, como figuras de Walt Disney, fui modificando la primera calificación. Me pareció que caminaba sobre un escenario gigantesco. Me la llevaré en los ojos, si alguna vez los augurios renuncian a su casi perenne situación de aplazados y se la traguen con la boca abismada del Adriático. ¿Pero si a los ediles se les ocurriera, en una decisión demoníaca, egoísta, cegar hoy a los viajeros, para que no puedan rehacerla, como vaciaron los ojos de los constructores del campanario de la plaza de San Marcos y del mecanismo de su reloj, para que nunca lo armaran en otra parte?

Mis retinas, en efecto, se cerrarán. Pero todavía me sobran las horas para retener estos paisajes con imagen distinta a las de cuantos me antecedieron. Y el tiempo, aunque apremiante, me concede el sosiego, sobre el puente del Rialto, ante el fresco renacentista, siempre húmedo, del ir y venir de las góndolas, para anotar en la libreta del periodista y trasmitirles a los lectores ocasionales, lo que supuse un recién descubierto elogio: Venecia, ciudad escenográfica. O también ciudad teatro, más común, pero también más exacto al definir a Venecia, tan eterna como frágil, tan posible hoy como mañana incierta… Sin ti.

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