Cuando el mar abrazó a Gibara

Autor:

Melissa Cordero Novo

«No sé de qué me escon-
do,de qué males escapo/ ni
qué lágrima extraña me lla-
ma desde el mar…».


Carilda Oliver Labra

Llegué, por primera vez, cabalgando encima de un rumiante, mientras las sillas y la gente me robaban la tranquilidad. Durante más de una hora salté al compás de los baches, hasta que el camello paró en seco y me escupió en mitad del pueblo. Había mucho silencio entonces, las casas empezaban a despertar a esa hora, bostezaban sin pena y se estiraban sacudiéndose de encima la pesadez de la noche.

Al final, estaba el mar. Venía yo buscándolo desde la guagua, levantando la cabeza por encima del señor regordete y la señorita con estilo de poeta; pero no me dejaron verlo y tuve que adivinar cómo los peces saltaban entre los botes que parecían pequeñas manchas de madera sobre el agua.

Gibara me abrió los brazos, y yo me acurruqué sin demasiado recato, pensando que tal vez sus construcciones le devolverían la valentía a mis miedos. Caminamos la ciudad sin prisa, degustando cada esquina, guardando en nuestras cámaras la pasividad de los colores y el olor a mariscos que a veces se hacía insoportable. Nos detuvimos a la vera de un pino y quise subirme yo en él, caminar por las ramas como si mi cuerpo no pesara demasiado para esas acrobacias. Quise yo quedarme escondida en el cabildo, o en las estatuas, o en el cine. Pocas cosas en mi vida me han dejado sin palabras como Gibara.

Nos fuimos sin decir adiós, porque uno no puede andarse con sentimentalismos ante las ciudades. Además, porque prometimos volver para una jornada del cine pobre más rico del mundo. Pero la distancia nos fue complicando y la cordura invadió los planes, crecimos sin darnos cuenta y ya no volvimos a aventurarnos en un tren, por más de ocho horas, ni desembarcamos en Cacocum con mochilas alegres al hombro. No, no lo hicimos y la Gibara de la Universidad apenas quedó en las fotos, en los recuerdos y en la herida que tengo en el dedo gordo del pie.

Un día, otro, tuve que tragarme el dolor de la noticia. Todos hablaban del huracán, de esa locura de entrar por Holguín, horas después: de las pérdidas, de lo terriblemente arrasador del paisaje, de las decenas de familias que quedaron sin casas… Y yo lejos y sin poder explicar las causas reales, sin poder decir que el mar, desde hacía mucho tiempo, quería abrazar a Gibara, ¡porque la amaba tanto!, y esa era la única forma de demostrarlo. Pero no se dio cuenta de lo cruel de su amor. Hay amores así, imposibles; porque si suceden, matan.

Cinco años después, y gracias a una suerte que desconozco, pude volver a Gibara. Fue difícil afrontar el paisaje, ver zonas desérticas donde antes hubo tantas casas, tantas familias que debieron morir de sufrimiento. Esta vez, tragué el mar por mis pupilas desde la curva en la carretera, esta vez conversé en silencio con los botes, esta vez escuché historias delirantes mientras observábamos la silla y un cementerio, y de manos con otros amigos recorrí otra vez las calles, suspiré otra vez en el pino, y se me revolvió el estómago otra vez por el olor a pescado.

Gibara es un pueblo mágico, de esos que en las noches recogen a sus habitantes en un gran barco y salen a pasear, hasta el amanecer, por la bahía.

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