El sol sobre el dedo - Opinión

El sol sobre el dedo

Autor:

Raiko Martín

Apenas gateaba cuando una selección cubana de fútbol debutó, y sin papelazos, en unos Juegos Olímpicos. Más de tres décadas han transcurrido desde entonces, y mi esperanza de que se repita la experiencia bajo la bandera de los cinco aros es cada vez más remota.

Ni mis padres habían nacido cuando un equipo criollo asistió por primera y única vez a un Mundial, del que se despidió dando batalla a otros más encumbrados. Dentro de poco mi hijo cumplirá su noveno año, y dudo mucho que, si no ocurre algún hecho sobrenatural, pueda presenciar un retorno cuando menos decente. Nunca he creído en ellos, pero para que ese «milagro» suceda, deben pasar aún muchísimas cosas.

El reciente torneo preolímpico que se juega en varias ciudades estadounidenses fue un triste recordatorio de que no se puede tapar el sol con un dedo. Porque por muchas manchas que tenga, siempre será mejor verlas antes que renunciar a su brillo.

El fútbol cubano está enfermo. Y lo está desde el mismo día en que decidimos ignorar la necesidad de un tratamiento profiláctico que lo salvara del marasmo.

Hace demasiado tiempo la falta de vocación ofensiva e ingenuidades defensivas son males que vienen lastrando a nuestro fútbol y precipitándolo como roca cuesta abajo. Es cierto que ha habido épocas más felices, resultados menos ridículos, pero rara vez —para no ser absoluto— un equipo de las mayor isla caribeña ha logrado competir con fortuna fuera de su entorno regional más cercano.

La situación se torna más compleja cuando enfrentamos a selecciones absolutas, a jugadores que hace muchísimo tiempo rebasaron el punto en el que los nuestros se estancaron. Físicamente somos envidiables, técnicamente marchamos con lo justo, pero en pensamiento táctico y mentalidad rozamos el desastre.

Es un hecho que el más universal de los deportes resulta uno de los que menos recursos necesita para su práctica. Pero, lamentablemente, el fútbol de élite no se fabrica en «laboratorios». Mucho menos a partir de un campeonato nacional de dudoso nivel, varias veces obligado a contraerse en pos de su supervivencia.

Hasta el momento, muy pocas naciones sin tradición han evolucionado notablemente a mediano o corto plazos en este competitivo mundo del balón. Lejos de fórmulas mágicas, o bien se impulsan gracias al nivel adquirido por los jugadores más allá de sus fronteras, o a través de millones de dólares que atraen hacia sus ligas a futbolistas y técnicos de prestigio. Mas la ecuación se torna indescifrable cuando una de las estrategias se estrella contra los principios que el deporte cubano defiende y la otra es más que un lujo bajo las actuales dinámicas económicas en que vivimos.

No se puede desfallecer en el arduo trabajo en la base, cultivando esa cantera de niños y jóvenes que, por los más diversos motivos, se han enamorado de este deporte. Sin embargo, eso es solo un paso en el camino hacia el éxito. En busca de una alternativa, mañana mismo podemos acudir a las variantes más socorridas. Podemos dar un golpe de timón en el puente de mando, y con un poco suerte, tal vez dejemos de dar lástima durante el proceso de clasificación mundialista que se avecina. ¿Nos conformaremos con eso?

Mientras tanto, el tiempo corre. Y sin dejar de soñar, me sigo preparando para explicarle a mi hijo, quién sabe hasta cuándo, que del sol no veremos todo su brillo mientras no movamos el dedo.

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