El valor del otro

Autor:

Osviel Castro Medel

Me agradó de tal manera aquel cartel, colocado en la puerta de la consulta, que lo copié de un tirón íntegramente: «Un paciente es la persona más importante que haya entrado nunca a un hospital. Un paciente no depende de nosotros, nosotros dependemos de él. Un paciente no interrumpe nuestro trabajo porque él es el objetivo de nuestro trabajo. No le hacemos el favor de atenderlo; él nos hace el favor de darnos la oportunidad de atenderlo».

No transcribí esas letras por mero entusiasmo ni para recitarlas después en ratos de ocio, sino porque estimo que en sus esencias palpitan conceptos imprescindibles en Cuba para la prestación de servicios públicos, que rebasan con mucho el campo de la Medicina.

En ese «simple letrerito» se encierra la concepción que exalta el valor supremo del otro para que el «yo» pueda subsistir y hasta realizarse con plenitud. Y se resume el principio de la interdependencia humana, válido para todas las profesiones y oficios, porque nadie por sí solo puede vaciar el mundo en su bolsillo ni creerse bosque por más ramas que traiga a sus espaldas.

Así como el médico depende de sus pacientes para poder existir y elevarse, el maestro se supedita a sus alumnos, el gastronómico a sus clientes, el chofer a los viajeros... el actor al público.

El galeno transita por los puentes que levantó con sudores el constructor, la secretaria refina sus molares en el sillón gratuito del estomatólogo, el catedrático se encamina todas las fechas a la casa de estudios altos por las arterias que saneó «madrugadoramente» el barrendero...

Sin embargo, de vez en cuando, en nuestro entorno algunas personas parecen arrojar esas máximas por sus balcones o las pisotean delante de todos con facilidad pasmosa. Y aparentan andar por aquí y por allá pensándose que el planeta se rompe a sus pasos y que sus cerebros son imprescindibles en el día a día.

¡Cuántos no miraron a sus semejantes en pose de globo inflado que se alza hasta las nubes! ¡Cuántos se han tragado el cuento de que hace falta una súplica ancha para atender de buena gana a sus circundantes! ¡Cuántos se «enfermaron» de humos desatinados!

Pero tal vez lo más complejo y lesivo es que la filosofía expuesta en ese cartel reproducido en esta página rebelde no se haya entendido enteramente y que se siga calculando, por la ausencia de los resortes financieros de otras latitudes, que «hacer el favor» a los demás implique demoras, distanciamiento, enfriamiento del alma y del corazón.

Acaso lo peor es que esos conceptos plasmados en la puerta de aquella consulta, se les queden a algunos en el viento y no les salten a la actitud diaria.

«Vivir para los demás no es solo la ley del deber, es también la ley de la felicidad», subrayó hace casi dos siglos el filósofo francés Auguste Comte, uno de los padres del positivismo. Esa felicidad de ser bastón generoso para otros sigue habitando en pleno siglo XXI y en las esencias de ese cartel, que jamás han de ser letras marchitas.

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